Archivo Octubre, 2010

1710-1714: Toda una generación de Aragoneses luchó para no ser nunca españoles.

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Batalla de Torrero 1710/ Pierde el Borbón / Aragón recuperó su Constitución

Toda una generación de Aragoneses luchó para no ser nunca españoles. Sabían lo que se les venía encima y querían preservar a las futuras generaciones de aragoneses del oprobio de tal identificación; de perder su auténtica identidad de aragoneses, libres e independientes, y de caer en la indignidad que conllevaría ser asimilados a España… La destrucción del “Reino” y sus instituciones, es decir, de su forma de gobierno, se antoja como la mayor desgracia ocurrida a Aragón y a sus gentes en toda su historia. No hubo mayor desastre para el Pueblo aragonés que perder su República (su sistema de gobierno) y tener que vivir sin Estado propio, privado de la Honra y de la Libertad desde entonces. Los quebrantos, los perjuicios, los detrimentos, las ruinas y las destrucciones espirituales, culturales y materiales posteriores sufridos por un Aragón perteneciente a España no son más que una consecuencia lógica de tan infausto acontecimiento.

Aquellos aragoneses, nuestros tatarabuelos, supieron reaccionar, y sin dudar aplicaron para sí mismos el eterno dilema de Libertad o Muerte… ¿Por qué se lo tenían que dejar fácil a un ejército de invasores extranjeros? ¿Por qué tenían que permitir que Castilla consiguiese finalmente lo que había estado intentando durante 600 de los 700 años de existencia de Aragón: la destrucción como reino independiente y el aniquilamiento de la Corona de Aragón, unciendo a su yugo a tan magníficos territorios? Territorios que son a la postre los únicos que le ha quedado como nación imperialista que fue de su particular saqueo del Mundo y la Península ibérica.

Aquellos aragoneses tenían un desarrollado concepto de la política. Para ellos, en contraposición al “rey”, existía “el Reino” como entidad distinta y autónoma, que se expresaba a través de sus principales instituciones: las Cortes, la Diputación del General y un supremo magistrado denominado Justicia Mayor. Muchos han hablado de ellos pero pocos han comprendido su significado. El Reino no era una extensión del rey, como en otros países o como propugnaban los Borbones («L’État, c’est moi» decía por entonces Luis XIV, abuelo de Felipe V), sino el vínculo entre la ciudadanía y sus instituciones políticas, que constituía la materialización de la libertad de las gentes y del territorio que habitaban. Posiblemente en toda la historia pocos pueblos como el aragonés lo han tenido tan claro y, por eso, durante tantos siglos y tan celosamente, defendieron su sistema político frente a cualquiera de las dinastías reales que sobre él reinaron. Nunca se conformaron con otra cosa, ni tenían por qué doblarse sin entablar batalla. Sus habitantes siempre se tuvieron más próximos a la consideración de ciudadanos que a la de lacayos o siervos de un rey. De ahí viene sin duda, y no de otra consideración, la legendaria  fama de tenaces (¿tercos?) de los aragoneses.

¿Pero qué razones tendrían aquellos nuestros tatarabuelos? Desde luego no estaban locos y aunque algunos historiadores hayan estado intentando durante los últimos tres siglos borrar su memoria, sus razones continúan hoy en día siendo vigentes y evidentes. Principalmente no querían convertirse en una provincia, ni en una ciudadanía de segunda. No querían perder el control sobre su tierra y del derecho a decidir sobre lo que ella permanece, corre, fluye o emana y sobre a lo que debe prestar utilidad. No querían la militarización de su territorio. No querían ceder el empleo público en el Reino, que es por donde primero entra la aculturación y constituye la quinta columna de la política antiaragonesa y de promoción del centralismo a la par que la expulsión de los aragoneses de sus propios ámbitos de decisión. No querían destacamentos castellanos, incluido su “destacamento cultural” (y de aculturación, por supuesto), que aún hoy se encuentra acuartelado en la Universidad, dedicado a lanzar “granadas fragmentarias” contra de la Lengua aragonesa. No querían que nadie les dijera como debían considerarse como pueblo y orientar su sentido patriótico. Pero sobre todo lo que no querían es tener que pedir permiso para administrar su propia tierra y a su propia gente.

Nunca, en ningún momento de la historia, se ha dado el caso que un pueblo haya abandonado voluntariamente las instituciones que marcan su ser independiente para permitir ser gobernados por otros en su propia tierra. Nunca. Jamás. Ni antes ni ahora. Todo lo contrario, siempre han querido ganarlas o conservarlas. Aragón en eso no es una excepción, aunque quizá muchos, aturdidos por la cantidad de veces que se lo han repetido, hayan creído lo contrario. La construcción historiográfica del consabido mito de la “unidad de España” y la épica de sus orígenes, repetido hasta la saciedad por el publicismo filo-españolista, es una construcción literaria. Una gaita pan-castellana. No es un acto refrendado ni consentido por el “Reino de Aragón”, como dan testimonio la lucha de sus soldados que en levas legales resistieron con las armas en la mano. Es por tanto absurdo, contrario al sentido lógico de los acontecimientos y completamente ahistórico, considerar la llamada unidad de España como un supremo acto de auto-desposesión, “abandono voluntario de nuestra forma de gobierno”, en aras a construir otra cosa con los que siempre fueron extranjeros en nuestra tierra, los castellanos (y nosotros en la suya, dicho sea de paso). Eso más que épica es lírica. Se tendrían que haber vuelto locos todos en Aragón. Nos están explicando cuentos al estilo de Galdós, no historia. Si las cosas funcionaran en la lógica de unirse al país extranjero más próximo, “también podríamos estar unidos a Francia”. Pero de hecho, un país extranjero muy próximo, Portugal, es un Estado independiente gracias a que pudo desligarse a tiempo de la Monarquía española.

Nosotros queremos rendir homenaje en este Blog a esos últimos aragoneses alzados en armas contra la imposición; (injusta y deliberadamente olvidados por los que hacen la historia oficial) que, encuadrados en sus propias compañías de voluntarios y maltrechos tras la evacuación de Aragón en 1711, lucharon con las armas en la mano hasta el fin y, en un postrer acto de resistencia en el asedio de Barcelona de 1714. No hubo deshonra ante la jauría de lobos que les enviaron las dos coronas, Castilla y Francia; ambas enemigas seculares de la Corona de Aragón, siempre en disputas entre ellas, pero en aquel momento aliadas en contra nuestro, en la conjunción de eventos históricamente más nefasta para Aragón.

¡Gloria y Honra a los Voluntarios Aragoneses!   1710-1714

Recreación de la Batalla de Monte Torrero o de Zaragoza

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