1710-1714: Toda una generación de Aragoneses luchó para no ser nunca españoles.


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Batalla de Torrero 1710/ Pierde el Borbón / Aragón recuperó su Constitución

Toda una generación de Aragoneses luchó para no ser nunca españoles. Sabían lo que se les venía encima y querían preservar a las futuras generaciones de aragoneses del oprobio de tal identificación; de perder su auténtica identidad de aragoneses, libres e independientes, y de caer en la indignidad que conllevaría ser asimilados a España… La destrucción del “Reino” y sus instituciones, es decir, de su forma de gobierno, se antoja como la mayor desgracia ocurrida a Aragón y a sus gentes en toda su historia. No hubo mayor desastre para el Pueblo aragonés que perder su República (su sistema de gobierno) y tener que vivir sin Estado propio, privado de la Honra y de la Libertad desde entonces. Los quebrantos, los perjuicios, los detrimentos, las ruinas y las destrucciones espirituales, culturales y materiales posteriores sufridos por un Aragón perteneciente a España no son más que una consecuencia lógica de tan infausto acontecimiento.

Aquellos aragoneses, nuestros tatarabuelos, supieron reaccionar, y sin dudar aplicaron para sí mismos el eterno dilema de Libertad o Muerte… ¿Por qué se lo tenían que dejar fácil a un ejército de invasores extranjeros? ¿Por qué tenían que permitir que Castilla consiguiese finalmente lo que había estado intentando durante 600 de los 700 años de existencia de Aragón: la destrucción como reino independiente y el aniquilamiento de la Corona de Aragón, unciendo a su yugo a tan magníficos territorios? Territorios que son a la postre los únicos que le ha quedado como nación imperialista que fue de su particular saqueo del Mundo y la Península ibérica.

Aquellos aragoneses tenían un desarrollado concepto de la política. Para ellos, en contraposición al “rey”, existía “el Reino” como entidad distinta y autónoma, que se expresaba a través de sus principales instituciones: las Cortes, la Diputación del General y un supremo magistrado denominado Justicia Mayor. Muchos han hablado de ellos pero pocos han comprendido su significado. El Reino no era una extensión del rey, como en otros países o como propugnaban los Borbones («L’État, c’est moi» decía por entonces Luis XIV, abuelo de Felipe V), sino el vínculo entre la ciudadanía y sus instituciones políticas, que constituía la materialización de la libertad de las gentes y del territorio que habitaban. Posiblemente en toda la historia pocos pueblos como el aragonés lo han tenido tan claro y, por eso, durante tantos siglos y tan celosamente, defendieron su sistema político frente a cualquiera de las dinastías reales que sobre él reinaron. Nunca se conformaron con otra cosa, ni tenían por qué doblarse sin entablar batalla. Sus habitantes siempre se tuvieron más próximos a la consideración de ciudadanos que a la de lacayos o siervos de un rey. De ahí viene sin duda, y no de otra consideración, la legendaria  fama de tenaces (¿tercos?) de los aragoneses.

¿Pero qué razones tendrían aquellos nuestros tatarabuelos? Desde luego no estaban locos y aunque algunos historiadores hayan estado intentando durante los últimos tres siglos borrar su memoria, sus razones continúan hoy en día siendo vigentes y evidentes. Principalmente no querían convertirse en una provincia, ni en una ciudadanía de segunda. No querían perder el control sobre su tierra y del derecho a decidir sobre lo que ella permanece, corre, fluye o emana y sobre a lo que debe prestar utilidad. No querían la militarización de su territorio. No querían ceder el empleo público en el Reino, que es por donde primero entra la aculturación y constituye la quinta columna de la política antiaragonesa y de promoción del centralismo a la par que la expulsión de los aragoneses de sus propios ámbitos de decisión. No querían destacamentos castellanos, incluido su “destacamento cultural” (y de aculturación, por supuesto), que aún hoy se encuentra acuartelado en la Universidad, dedicado a lanzar “granadas fragmentarias” contra de la Lengua aragonesa. No querían que nadie les dijera como debían considerarse como pueblo y orientar su sentido patriótico. Pero sobre todo lo que no querían es tener que pedir permiso para administrar su propia tierra y a su propia gente.

Nunca, en ningún momento de la historia, se ha dado el caso que un pueblo haya abandonado voluntariamente las instituciones que marcan su ser independiente para permitir ser gobernados por otros en su propia tierra. Nunca. Jamás. Ni antes ni ahora. Todo lo contrario, siempre han querido ganarlas o conservarlas. Aragón en eso no es una excepción, aunque quizá muchos, aturdidos por la cantidad de veces que se lo han repetido, hayan creído lo contrario. La construcción historiográfica del consabido mito de la “unidad de España” y la épica de sus orígenes, repetido hasta la saciedad por el publicismo filo-españolista, es una construcción literaria. Una gaita pan-castellana. No es un acto refrendado ni consentido por el “Reino de Aragón”, como dan testimonio la lucha de sus soldados que en levas legales resistieron con las armas en la mano. Es por tanto absurdo, contrario al sentido lógico de los acontecimientos y completamente ahistórico, considerar la llamada unidad de España como un supremo acto de auto-desposesión, “abandono voluntario de nuestra forma de gobierno”, en aras a construir otra cosa con los que siempre fueron extranjeros en nuestra tierra, los castellanos (y nosotros en la suya, dicho sea de paso). Eso más que épica es lírica. Se tendrían que haber vuelto locos todos en Aragón. Nos están explicando cuentos al estilo de Galdós, no historia. Si las cosas funcionaran en la lógica de unirse al país extranjero más próximo, “también podríamos estar unidos a Francia”. Pero de hecho, un país extranjero muy próximo, Portugal, es un Estado independiente gracias a que pudo desligarse a tiempo de la Monarquía española.

Nosotros queremos rendir homenaje en este Blog a esos últimos aragoneses alzados en armas contra la imposición; (injusta y deliberadamente olvidados por los que hacen la historia oficial) que, encuadrados en sus propias compañías de voluntarios y maltrechos tras la evacuación de Aragón en 1711, lucharon con las armas en la mano hasta el fin y, en un postrer acto de resistencia en el asedio de Barcelona de 1714. No hubo deshonra ante la jauría de lobos que les enviaron las dos coronas, Castilla y Francia; ambas enemigas seculares de la Corona de Aragón, siempre en disputas entre ellas, pero en aquel momento aliadas en contra nuestro, en la conjunción de eventos históricamente más nefasta para Aragón.

¡Gloria y Honra a los Voluntarios Aragoneses!   1710-1714

Recreación de la Batalla de Monte Torrero o de Zaragoza

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  1. #1 por Rafel el 5/Oct/2010

    Este verano, el 10 de agosto, se celebró en Zaragoza el 300 aniversario de la batalla de Torrero. Última victoria militar de las armas aragonesas.
    Fue un acto de esos de recreación histórica que tan de moda están. Por supuesto, no hubo ninguna referencia histórica al significado de la batalla, es un otro hito en la política de Eventos del Ayto. como estrategia económico-publicitaria, no sé muy bien.
    Lo que más me sorprendió es que contó con la oposición, por su “carácter militarista” declarada de algunos a quienes se le llena la boca de la expresión Memoria Histórica… siempre y cuando se refiera a la Guerra Civil. ¿Acaso el Ejercito Republicano no era igual de militarista que el aragonés de 1710? ¡Qué vergüeza!
    Pero algunos, como aquellos últimos voluntarios aragoneses refugiados en la Barcelona de 1714 hoy, no nos rendimos y volvemos a levantar en Zaragoza la bandera de Gaspar Torrente.

  2. #2 por Chusé el 13/Oct/2010

    ¡Menos da una piedra! ¡Por lo menos que se sepa que ocurrió! Recordando los hechos, quizá algún día comprendamos las razones de los mismos y recuperemos nuestra libertad como Pueblo.
    En esa batalla Aragón se jugó su condición de Estado. La historia hubiera sido muy distinta para Aragón, si los réditos de esa victoria se hubieran mantenido. ¡Qué bello pensamiento un Aragón independiente hasta nuestros días! ¡Nunca ningún Borbón reinando sobre esta tierra!
    Si una buena parte de los aragoneses tomaramos conciencia de ello, la cosa podría comenzar a cambiar…

  3. #3 por Pedro Gimeno Subías el 15/Oct/2010

    Pero después de esta batalla, ¿qué pasó para que el desastre fuera total?

  4. #4 por Rafel el 16/Oct/2010

    Pedro: simplemente el pretendiente austriaco fue llamado por el Sacro Imperio Romano-Germánico para ocupar su trono … nos dejó tirados.
    En el Antiguo Régimen quedarse sin pretendiente significaba quedarse sin opciones. Algunos aragoneses siguieron resistiendo con los catalanes que tenían aún fresco el recuerdo de la Guerra de Secesión, 50 años antes. Algunos aristócratas aragoneses ilustrados marcharon a la corte austríaca, donde impulsaron reformas, como estudió en su día Ernest Lluch.

  5. #5 por Arnau de Borau el 18/Oct/2010

    Efectivamente: dos circunstancias cambiaron el sentido político de la guerra. La primera y más significativa que el archiduque Carlos accediera al trono imperial. Eso hizo cambiar la actitud de sus propios aliados respecto a la conveniencia de su pretensión al “trono español”. Podía ser “peligroso” seguir apoyando al archiduque y hacer de él el soberano más poderoso de Europa y quizá del Mundo. Nadie estaba interesado en resucitar el Imperio de Carlos V, ni Inglaterra, ni mucho menos Francia. Carlos se quedó no obstante con un buen bocado de la Monarquía de los Austrias, la práctica totalidad de los territorios europeos no peninsulares (Países Bajos católicos, Nápoles, Cerdeña, etc.) y se podía ya dar por satisfecho; no le iban a conceder más y, aunque hubiera querido, poco o nada podía hacer por la suerte de los aragoneses.

    La otra circunstancia fue la imposibilidad de los Aliados de la causa austracista de ganar la guerra en la Península ibérica en relación a los medios que estaban dispuestos a emplear. Habían ganado con rotundidad la guerra en Europa, incluso en Aragón, pero en Castilla, completamente decantada por el Borbón y militarmente territorio muy hostil, no pudieron encontrar apoyos a su causa. Pero no les era necesario, el objetivo fundamental estaba conseguido. La llamada “Guerra de Sucesión a la Corona de España” se podía transformar perfectamente en la “Guerra por el Reparto de la Monarquía Hispánica”, la única consecuencia práctica de todo el conflicto. No tenían por que continuar la guerra, porque dadas las circunstancias la Corona de Aragón peninsular sería lo único que tendrían que ceder a los Borbones. ¡Alguien tenía que pagar por todos y le tocó a los aragoneses! Las derrotas salen muy caras: una hipoteca sobre nosotros y nuestra tierra que todavía no hemos dejado de pagar.

    A espaldas del resto de los Aliados (incluso de Austria), Inglaterra y Francia establecieron los términos de la paz. Se puede decir que absolutamente todos ganaron y que los únicos perdedores, traicionados y vendidos por sus aliados, fueron los aragoneses y los demás pueblos de la Corona de Aragón. “¡Aquel gran reparto bien valía esa traición!”, debieron pensar.

    Inglaterra, principal socio de la coalición anti-borbónica, consiguió su gran objetivo: el equilibrio entre las potencias continentales; que España no quedaría unida a Francia o al Imperio germánico; evitando su gran temor: la formación de un poder político que podiera proyectar su sombra amenazante sobre las Islas Británicas. Bien poco podía importarles la independencia de unos remotos reinos en el Sur de Europa (pero con Parlamentos e Instituciones y muchos partidarios), que entregaron a la dictadura absolutista de los Borbones (228 años después hicieron algo similar entregando Checoslovaquia a otro dictador, a Hitler, merced a los acuerdos de Munich, firmados a traición y a espaldas al Gobierno checo). Los británicos siempre “sembrando el desconcierto y la traición allá por donde se meten”; tienen la sorprendente habilidad de generar conflictos que luego ni ellos ni nadie es capaz de resolver, recordemos Irlanda, el mandato de Palestina, la partición de India-Pakistán, etc.. Ponen en la fatalidad a cualquier país que pisan. Lo mismo le pasó a Aragón. ¡Al diablo con ellos!

    Francia perdió la guerra en Europa y América (tuvo que entregar varias colonias a Inglaterra), pero colocó a un pariente en Madrid y dejó de estar rodeada por todas partes por la Monarquía hispánica. Había neutralizado a su peor enemiga y, por tanto, salía reforzada en el contexto estratégico europeo. Aliados más pequeños también obtuvieron ventajas: los Países Bajos católicos se buscaron unos mejores aliados que los españoles que, en franco declive militar, ya no podían defenderlos. Saboya amplió territorios a costa de las posesiones de la Monarquía de los Austrias y pasó de Ducado a Reino del Piamonte, etc.

    Incluso en Castilla la sensación era de victoria (aunque desde la perspectiva de la Monarquía de los Austrias el desastre podía considerarse como de total), encoñados como estaban con Felipe V y a pesar de las humillantes concesiones del Tratado de Utrecht y las mutilaciones territoriales. Hombre, podían alardear perfectamente que habían ganado y ampliado territorios, a costa de Aragón, eso sí…

    Felipe V, que tuvo que salir pitando de Madrid en dos ocasiones durante la guerra por la proximidad del ejercito aliado (inaugurando la huida de la Corte como costumbre familiar de los Borbones en estos tres siglos), fue finalmente “Rey de España” y con la mano libre para ejercer como dictador sobre los pueblos de la Corona de Aragón a los que trató inmisericordemente. Lo dicho, alguien tenía que pagar…

  6. #6 por Arnau de Borau el 19/Oct/2010

    Habida cuenta de los comentarios que me habéis dirigido algunos por correo sobre el fin de la guerra llamada de Sucesión y la “presunta traición” a los aragoneses, voy a abundar con un breve inciso más sobre esa visión, aunque pienso que ya quedó suficientemente aclarado en el anterior comentario:

    La imagen de un archiduque Carlos ambicioso que sólo codiciaba una corona a cualquier precio y que una vez obtenida (no la de España, sino la de su tierra, Austria) dejó en la estacada a sus leales partidarios (lo cual lo convertiría en traidor) es una visión muy ingenua del personaje creada por la historiografía castellana para ocultar una realidad demoledora (no muy bien asimilada por “los admiradores de las glorias imperiales de España y la grandeza de Castilla”) y el baldón que representa la pérdida de tantos territorios: “que al Borbón sólo lo querían en Castilla”. ¡De todo aquel conjunto de reinos, principados, ducados, condados y señoríos que era la Monarquía de los Austrias extendidos por Europa, sólo querían al Borbón como rey en Castilla!

    Hablar en los Países Bajos, Nápoles, Milán o Aragón de Borbones era hablar de Francia, del archienemigo. Debieron pensar entonces que Carlos II “El Hechizado” era más idiota de lo que aparentaba en dejar su herencia a un Borbón o que incluso estaba rodeado de otros mucho más idiotas que él (yo me inclino a creer que lo que hoy se llamaría “el lobby por-francés”, es decir, el conjunto de espías e intrigantes de Luis XIV en la Corte española, prepararon a conciencia el camino a Felipe V). Por lo tanto, la opción de todos los Estados de la Monarquía era clara: no compartir soberano con Castilla y esto incluía a Aragón. La historiografía castellana ha tenido que maquillar esa consecuencia demoledora de la llegada de los Borbones a España, que fue un mal, un malísimo negocio… Se pasa de puntillas por delante del desastre y no se suele imputar nunca a la llegada de los Borbones (¡no se puede criticar a la casa reinante!).

    El papel propagandístico de la historiografía castellana no acaba ahí . De paso, imprimiendo la imagen de un archiduque en huida voluntaria, nos transmiten un mensaje a los aragoneses para dejarnos “desangelados” y “avergonzados”. Nos vienen a decir: “veis, vuestro candidato era un fulero, un traidor que os dejó solos”, “estabais equivocados y encima pagaréis vuestra deslealtad al Borbón”, “¡os lo merecéis!”.

    Inglaterra y Holanda, principales socios de la coalición antiborbónica, animaron la candidatura del archiduque, al fin y al cabo eran tan pariente de Carlos II como Felipe V. Pero se marchó porque sin la ayuda de sus socios y sobre todo sin la flota anglo-holandesa mal podía haber mantenido una guerra exitosa en la Península. Sus leales de Aragón le siguieron y fueron acogidos en su Corte de Viena; los que no continuaron la lucha y escribieron la última y gloriosa página de su historia en la capitulación de Barcelona. Aragón estaba aislado, sin ayuda por la defección de sus aliados, invadido por los Pirineos por Francia y por el Oeste por Castilla pagó la continuidad territorial con todos los territorios borbónicos y no pudo salvarse, así de simple.

  7. #7 por Andres el 8/Nov/2010

    Bueno, yo tan sólo quería poner nombre y apellidos a esos aragoneses que continuaron luchando en Cataluña.
    El Regimiento de caballería pesada “Dragones de San Miguel” estaba constituido en su mayoría por militares aragoneses provenientes del regimiento de caballería “Aragón”, que prefirieron sacrificar sus vidas por las libertades de Aragón y Cataluña, al no aceptar la paz de Utrecht. Entre los oficiales que siguieron luchando: el sargento, Gregorio Avendaño; los capitanes Pedro Español, Miguel Claramonte, Cayetano Antillón, Miguel Contamina, Francisco Molina, Barón de Purroi, el capitán y capellan castrense Simón Sánchez.
    Dentro del Regimiento “Ribera del Ebro”, se formaron dos Compañías de Voluntarios de a pie, “Voluntarios de Aragón”, capitaneadas respectivamente por los capitanes Antonio Badia y Francisco Besabés.
    Muchos de ellos murieron, y otros pasaron más de diez años de prisión, aún habiéndoseles prometido salvoconductos, en la capitulación de Barcelona.

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