En un país llamado Alba-Escocia


EscociaLa mayoría del pueblo escocés ha dicho no a la independencia. Medio Orbe, los poderes reales, los poderes en la sombra, los transnacionales, toda la opinión pagada y hasta un oscuro registrador devenido presidente respiran tranquilos y relajan los esfínteres. ¡Pasó el peligro!, ha dicho el establishment occidental. Alex Salmond ha dimitido, pero no creemos que haya sido un fracaso del independentismo escocés, ni el independentismo en general como objetivo político. Un pueblo que quiere nacer como realidad política ha de luchar contra muchos y grandes enemigos y el voto del miedo se ha utilizado en esta campaña como en cualquier otra campaña política. El principal  argumento, el amenazar de echar al nuevo país de todos sitios, de la UE, de la libra… “¡Al independiente, ni agua!”. El votante del sí requiere un gran convencimiento frente a lo que el cambio puede afectarle y lo primero que se intenta por los partidarios del no es sembrarle incertidumbre. Aún hoy, a toro pasado, los analistas políticos todavía utilizan el argumento utilitarista, no ha habido euforia por las calles ni flameo de banderas blanquiazules, pero Escocia y los escoceses se han ahorrado mucho coste y esfuerzo al permanecer en el Reino Unido, dicen. “Se ve que tirar del carro de los Estados centralistas no supone ningún esfuerzo”.

En fin, en el Reino Unido, donde los políticos son más inteligentes y menos corruptos que en España, han tomado nota del hecho. Escocia no será menos autónoma que ahora sino más. No será un país soberano, pero ha marcado el terreno político de lo escocés frente a lo británico a la espera de una nueva oportunidad.

A los demás nos queda pues sacar algunas lecciones. Al margen de legitimidades o derechos colectivos que tenga un pueblo para reclamar su libertad, no hay dos procesos independentistas iguales, si nos referimos a la manera de llegar a ella. Cada proceso hacia la independencia de un país que aspira a ello es único y distinto de otros procesos similares dependiendo de las condiciones políticas en que se desarrolle. Son muy distintas las que ha puesto el Reino Unido de las que piensa poner el Gobierno español. El camino se ha de hacer en solitario, con la solidaridad y la simpatía de los que en otros países aspiramos a lo mismo, pero en solitario.

Lo que podemos aprender los nacionalistas-independentistas aragoneses de Escocia es mucho, sobre todo de organización política. El SNP (Partido Nacional escocés) es un partido fundado  en 1934, el mismo año que Estado Aragonés, que, después de ser durante décadas una opción poco más que testimonial, consiguió en 2011 la mayoría absoluta en la cámara escocesa. No siendo el único partido que proclama la independencia, es el que ha marcado con esta mayoría la dirección del proceso y ha llevado la política de su partido a ser la política nacional de Escocia. Eso no es trabajo de un día, y nos dice que dejar de lado la política teórica de salón o de café, tic del minoritario, y salir a la calle a buscar la masa social como cualquier otra opción política, porque hace 20 años el 40% de los escoceses no sabían que eran independentistas. Posiblemente, si nos ponemos manos a la obra, dentro de 20 en Aragón el 40% quizá sabrá que ya lo son. El SNP ha demostrado ser un partido con coherente desde sus comienzos y apostar siempre por el independentismo. Así su fidelidad al programa independentista lo ha mantenido unido durante 70 años, siendo una opción minoritaria hasta hace escasos 20. Esto nos debe hacer ver la necesidad de ser exigente con los socios y la necesidad de la unidad de los independentistas. Esto nos enseña que hay que dejar para siempre de considerar coaliciones heterogéneas “imposibles” con grupos federalistas, foralistas, regionalistas, internacionalistas y cualquier otro ismo que no se defina claramente como independentista.

El SNP ha sido el elemento director, le ha hecho ver al pueblo escocés la necesidad de la independencia como solución a la situación de marginalidad a la que le había condenado el Reino Unido. El SNP ha dado la solución y el pueblo la ha aceptado. Hay que darse cuenta, por ejemplo, cuanto es de diferente a la situación en Cataluña donde una plataforma ciudadana ANC es la que ha servido de catalizador del sentimiento popular y ha sacudido a una clase política adormilada, autocomplaciente con su manera de hacer política desde hace 35 años, con un bajo nivel de aspiraciones, dedicada  a la administración interesada de  competencias y presupuestos y alejada del sentimiento independentista, y la ha puesto en el brete de tener que ponerse a dar forma politica y dirigir el proceso. En Aragón la situación se aproxima más a la escocesa que a la catalana. No hay aquí masa civil independentista, pero arrastramos un problema muy grave desde hace siglos cuya solución exige separarse de España y eso hay que darlo a entender ala ciudadanía. La masa independentista en Aragón no existe, hay que crearla. Esta es nuestra acción política.

Por otra parte España y Reino Unido son dos universos políticos distintos. De entrada en el Reino Unido no hay constitución escrita, es un país de derecho común. No hay por tanto una política mediatizada por fundamentalismos legales, ni en la genética de los políticos existen tampoco abuelos de casta de régimen autoritario. Mr. Salmond gana unas elecciones, le propone un referéndum al primer ministro británico, se vota en Westminster y se autoriza. Y la Reina de Inglaterra se calla. Y con ella el ejército, los jueces y cualquier otra institución del Estado, porque allí el concepto “poderes fácticos” no es conocido como en España. Esto es democracia en estado puro, un acto político para resolver una cuestión política. El axioma problema político solución política no necesita demostración. No se le dan las vueltas con doctrinas tales como “soberanía nacional”, que solo es un concepto legalista inventado para complicar las cuestiones políticas.

En España no sólo tenemos una constitución escrita, sino que además se practica una forma de  fundamentalismo constitucional, cuyos principios son desgranados, en las ruedas de prensa del viernes, por la vicepresidenta del gobierno, que, en calidad de suprema sacerdotisa del ordenamiento jurídico español, nos repite el mismo evangelio legalista ad nauseam de lo que puede hacerse o no en política en España. Dicen que es derecho romano, pero es el esquema político-legal doctrinario de la derecha española de siempre. Supremacía de la ley escrita para coartar los derechos colectivos de la ciudadanía, incluido un consejo de ayatolás, sin neutralidad, muy condicionado por la afinidad política de sus miembros, que actúa como una tercera cámara legislativa, llamado Tribunal Constitucional. El axioma se lo pasan por el arco: a un problema político, barrera legal e ideología de partido. Este integrismo legalista es la coartada que usan para impedir la normalización de las legítimas aspiraciones de la ciudadanía. Si les sirve tanto para impedir las reformas legislativas necesarias para no echar a una familia de su vivienda y para imponer sus puntos de vista en educación o aborto, como no lo van a usar para impedir consultas ciudadanas en torno a la forma de Estado o la independencia. Esto es con lo que se encontrarán los catalanes el 9-N. Y con lo que nos encontraríamos nosotros en un caso…

En España el Ordenamiento consitucional-legal es a modo de un Mátrix, la apariencia (una democracia). Por debajo esta el mundo real: el dominio político-económico de la oligarquía del IBEX35, a la que la servil casta política (esa que aparece abriéndose paso a codazos en los entierros de los oligarcas para ser los primeros en dar el pésame a la familia) le garantiza que sus balances serán siempre positivos tanto con crisis como sin ella. Es la casta política amamantada por un Leviatán llamado también corrupción. Así ha sido siempre (históricamente con otros nombres) y así continuará mientras que en el Estado español no se produzcan procesos de autodeterminación que rompan esa la relación de poder real.

Arnau de Borau

  1. #1 por Anales de Aragón el 21/Sep/2014

    Chapeau!!!

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