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Las Jornadas Revolucionarias

Si el 25-S pasado en vez de ser el 25 de septiembre del 2012 hubiera sido el mismo día de algún año del siglo XIX no dudo que este país estaría metido en una revolución y los Borbones haciendo las maletas para partir a su enésimo exilio.

No vamos desacertados, salvo por la época (aquel siglo fue conocido como el siglo de las revoluciones y este será conocido desde luego como el de las “transiciones”) todo apunta a una situación revolucionaria al menos si analizamos lo que son los elementos que convergen en esta crisis general:

Una crisis económica que afecta a amplios sectores de la sociedad, gente que sale del sistema social y económico y que ha creado una amplia base donde la actitud es de descontento que se dirige tanto contra el sistema económico como contra el político. La crisis del “bolsillo” modifica las actitudes políticas y su alcance. El sistema político que no da satisfacción a las necesidades básicas de la ciudadanía se desacredita por sí sólo.

Un gobierno ineficiente, incapaz de tirar el manual que no sirve y cambiar el guión; completamente bloqueado por la rápida sucesión de los acontecimientos y desbordado por la crisis; lento y titubeante a la hora de tomar decisiones y sin ideas y sin capacidad de reacción. A la cabeza un gestor, Rajoy, el vivo retrato de la ineficiencia y del colapso del sistema. Un don Tancredo de la política que ve llegado “su momento” en el peor momento, para su desgracia y sobre todo para la nuestra. Un político que carece de la inteligencia necesaria para lo que requiere el cargo en los tiempos que corren y muy condicionado por el ala más derechista de su partido.

Un sistema político agotado, donde se acusan la improvisación del momento en que se planeó y los vicios de su longevidad. Que no se pudo hacer mejor dadas las difíciles circunstancias del momento tras la muerte del Dictador, se puede hasta comprender, pero es que el sistema político tiene ya 34 años (una eternidad para cualquier régimen en España). Ninguna reforma substancial se ha hecho (ni ganas serias de hacerla, a pesar de algunas propuestas) debido fundamentalmente al enroque ideológico de los partidos del Régimen y a la acción política centrada en la batalla por la ocupación de áreas de poder, con un trasfondo de corrupción endémica. Se puede decir sin demagogia que, si en 34 años PP y PSOE no han sentido la necesidad de reformar, es porque son esencialmente “lo mismo”. Ambos partidos han mantenido intocable el régimen constitucional porque les ha beneficiado mucho, se han institucionalizado y han mantenido gracias a ello su influencia y sus cotas de poder en una semi-alternancia en el Gobierno y en un reparto territorial del poder. ¡En este estado de cosas es obvio que no hayan visto la necesidad de reformar nada!

La gravísima crisis económica, el gobierno inmovilista y un sistema sin margen político para dar salida a los nuevos planteamientos son los tres elementos enervantes que hace moverse a la ciudadanía hacia una solución de cambio constitucional. El cerco de los manifestantes al Congreso de los Diputados pidiendo su disolución y el inicio de un nuevo proceso constituyente y el acuerdo de plantear un referéndum por la autodeterminación en el Parlamento catalán, hechos ambos del 25-S son indicios de que en este país hay un “proceso revolucionario” en ciernes; con todo , el poder establecido ha permanecido impasible, más por la impermeabilidad del Gobierno ante lo que pasa en la calle, que por la leña repartida por la policía.

La pretensión de la calle de abrir un nuevo proceso constituyenteno no es descabellada. La ciudadanía da el presente sistema por agotado y reclama un nuevo reparto (un New Deal a la americana). No son tan diferentes las reivindicaciones de los alrededores del Congreso de los Diputados de Madrid y las del 11-S de Barcelona. Son dos respuestas políticas a un mismo problema. Se trata (y por eso decimos que aparenta ser una revolución) de llevar al nivel político-jurídico lo que ya está en la calle. Se pide una respuesta política a un conflicto o problema que ya existe en la sociedad y que por los medios habituales, los del Estado actual con su Constitución y sus leyes, no se puede hacer, debido al bloqueo que ejercen las fuerzas instaladas actualmente en el poder.

Efectivamente amparado en su legitimidad legal, el Gobierno está imponiendo una política que ya sobrepasa la capacidad de su mandato político para acometer medidas sin un refrendo social. La ciudadanía se ve en la ruina y, en la calles de Madrid y de Barcelona, ha dicho que quiere decidir sobre las cuestiones trascendentales del Estado, en un momento de crisis social y política sin igual en la historia reciente. La derecha española, cerrada ideológicamente (como siempre, por demás), está en la estrategia de contener la marea confiando en el que “ya pasará”, enrocada en las ideas y el “estilo” político de otras épocas. Si hace falta “sacarán al general de la Guardia Civil”. ¡Fíjense en el nivel político que tienen estos individuos para el escándalo de Europa! No demuestran inteligencia política práctica; no se bajan del carro de sus ideas ni para darse un respiro. Sin auto-concederse el más mínimo margen de maniobra, están agravando el problema con la política de austeridad e imposición de sus recetas económicas y sociales. Antes hundirán al país que rectificarán. Demuestran estar en una franca decadencia… Y para que una revolución triunfe, un Gobierno decadente es el mejor aliado.

No aprenden del oponente. Se puede discrepar del Sr. Artur Mas pero ha demostrado inteligencia política. Ante la imposibilidad de continuar gobernando en estas condiciones, y visto el pulso de la calle, ha disuelto el Parlament para renovar el mandato popular. Se va a dar un margen político tan grande, que va a incluir una consulta sobre la autodeterminación, tanto si le dejan como si no, ha dicho. Si Rajoy demostrase un nivel de inteligencia política similar, vistos estos 10 meses de Gobierno, haría lo propio con el compromiso con el resto de fuerzas de iniciar un nuevo proceso constituyente, el de no pagar la deuda e incluso de salir del euro. Pero para eso hace falta algo más que inteligencia…

El sistema autonómico se ha manifestado como un contrapoder territorial que la crisis ha evidenciado. Los territorios cuentan y mucho y, a pesar de que el actual Gobierno del Estado llegó con la intención de “adelgazar el poder autonómico”, sólo se ha atrevido a recortarlas vía financiación. Los territorios son fuertes y parece que el Gobierno ha decidido rendirlos por hambre, mediante la vía de los PGE. Ideológicamente la derecha siempre ha pensado que la autonomía es un proceso de ida y vuelta, es un tic ideológico de una visión centralista nunca superada y que les ha llevado a un error de cálculo. Ahora parece que el sistema autonómico no sólo no tiene vuelta sino que ha llegado a un punto de no retorno. El pulso que desde la C. A. de Cataluña se está manteniendo contra el Estado va en ese sentido. Sin dinero no hay autonomía y mucho menos si te lo ha de traspasar un gobierno plantado en la “austeridad”, en ese caso sólo te queda pedir al soberanía fiscal y si no pasar directamente a la soberanía política. En este punto estamos… No resulta nada extraño que la “revolución independentista” se haya producido en una C. A. como Cataluña de régimen común y no en el País Vasco  que controla sus propias finanzas.

¿Y Aragón qué…? ¿Qué pintamos los aragoneses en esta revolución?

En Aragón el Pacto Fiscal se llama al Acuerdo Bilateral Económico-financiero, cláusula recogida en el Estatuto de Autonomía de Aragón, y el problema se plantea en los mismos términos: No hay dinero y no se pueden financiar los servicios que presta la autonomía. Pero aquí se acaban todas las semejanzas porque Aragón no tiene fuerza para plantear un órdago al Gobierno España-Madrid. Aragón se tendrá que aguantar. Rajoy no soltará el dinero, ni a propios ni a ajenos. De eso, Rudi, ya se ha dado cuenta. Ahora Aragón está en la fase de “derecho al pataleo”, que se materializó en la sesión del Plenario de las Cortes de Aragón del 4 de Octubre, por la que se instó al Gobierno de Aragón a “defender y negociar un sistema de financiación autonómica que sea justo y atienda las peculiaridades estatutarias, poblacionales y territoriales de Aragón”; una proposición no de ley que de bien poco servirá. Adolfo Barrena (IU) dijo que rechazaba transformar esta cuestión Aragón-Estado en “una lucha identitaria”, posiblemente para romper semejanzas con lo que está sucediendo entre Catalunya y el Gobierno central. Vemos que la identidad asusta a ciertas ejecutivas “cuneras” de los partidos aragoneses por muy “progresistas” que sean.

Según alguna encuesta, el 75% de los aragoneses piensa que debería profundizarse en la autonomía, lo que significa que la autonomía ha arraigado históricamente entre los aragoneses y que desean conservarla. Esto es fruto en parte de la permanencia en  el consciente colectivo y de la existencia histórica del Reino de Aragón. Lo que ya es por sí una marca de identidad, aunque le pese a Barrena. Aragón debería por tanto poder resistirla ofensiva re-centralizadora que desde las posiciones de la derecha se está promoviendo. Los aragoneses demuestran que su autonomía es para ellos algo más, por no decir mucho más, que los Bieles, Rudís, Soros o Barrenas que se mueven por la política aragonesa. Es muy didáctico que sepan separar a los gestores de la política, del propio concepto político de autonomía (que la derecha españolista quiere confundir), pues la autonomía es el mejor recurso político que tienen los aragoneses para encarar su propio futuro, por ello no deberían ceder, ni resignarse de ninguna manera a perderla o a vaciarla de contenido, sea cual fuere la forma y manera conque el Estado español lo intentase. Sería volver al régimen colonial de antes, seguramente agravado.

En los momentos más críticos y difíciles de nuestra historia los aragoneses hemos sabido articular nuestra propia opción política libre e independiente: En 1808 el Pueblo de Zaragoza, amenazado por un ejército invasor, puesto en España con permiso de los Borbones, expulsa a la máxima autoridad borbónica, el Virrey Guillelmi, convoca las Cortes, abolidas 100 años antes, que eligen a Palafox y preparan la defensa. El Pueblo aragonés, solo, libre e independiente, establece su forma de gobierno y empieza a ejercer funciones de Estado… En 1936, en la zona no ocupada por la sublevación militar-fascista de Aragón, se constituye, con las fuerzas políticas de izquierda con presencia en la zona, un gobierno que organiza el territorio y su defensa. El presidente de Estado Aragonés Gaspar Torrente saludó la formación de este gobierno, aunque luego cortara con él. Fue el llamado Consejo de Aragón, un gobierno aragonés, al margen del Gobierno central republicano, entre la zona sublevada y la Generalitat catalana, disuelto finalmente por el comandante estalinista Enrique Líster, enviado por Madrid.

Si en los peores momentos de su historia el Pueblo aragonés ha sabido dotarse de instituciones de gobierno e intentar resistir para abrirse caminos hacia la libertad, ahora no vamos a dejar que nos arrebaten lo poco conseguido. No les hemos de dejar que se aprovechen de la crisis para recortar, suprimir o ahogar la autonomía de Aragón. Más allá de Monreal de Ariza la opinión generalizada es que las autonomías tienen que desaparecer completamente. Se ha instalado la idea de que lo que está pasando en Cataluña es culpa del sistema autonómico. Cabe esperar una fuerte presión re-centralizadora a medida que se agrave el conflicto España-Cataluña y eso afectará a Aragón. En ese momento, el pueblo aragonés tiene que salir en su defensa, rodear las Cortes para defenderlas y decirle a los que hay dentro que si ellos no quieren resistir al Estado español que se disuelvan y se convoquen otras donde sí haya quienes lo hagan.

Esa ha de ser nuestra revolución, el intento de suprimir o aminorar o ahogar la autonomía de Aragón ha de considerarse casus belli. Motivo suficiente para que las Cortes se declaren soberanas para decidir el destino de Aragón.

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Fiestas populares y colonización. “Pal Pilar sale lo mejor”

La Reivindicación de unas Fiestas Populares tras el Franquismo

 

Tengo edad para recordar la reivindicación de unas fiestas populares en Zaragoza, allá por 1978. Recuerdo a las peñas manifestándose en la calle Alfonso pidiéndolas, y me llamó la atención la reivindicación de encierros como en Pamplona. Me pareció estimulante la idea, la verdad: yo tenía 11 años y ya empezaba a hacer mis pinitos en la suelta de vaquillas en el pueblo de mi padre, Azuara, con lo que unos encierros que trascurriesen por la calle Pignatelli hasta la plaza de toros me parecieron buena idea. Afortunadamente, el “primer Ayuntamiento democrático tras el franquismo” en 1979 no instituyó la barbaridad de los encierros y a mi me entró el conocimiento con 15 años y dejé de saltar a las vaquillas.

 

Pero no, la exigencia de fiestas populares no era una simple reivindicación festiva: en 1977 comenzaron a constituirse peñas en los barrios de Zaragoza, impulsadas por jóvenes militantes de izquierda, fundamentalmente de las JJSS, JCA, JGR y JAR, como una forma de movilizar a la juventud por unas “fiestas populares” que cuestionase también al Régimen en la forma de divertirse. Algunos amigos de la Peña La Pasarela recuerdan en primera persona “aquellos maravillosos años”. Lo de los encierros no era más que una anécdota, aquello era un auténtico movimiento popular.

 

En el 79 las elecciones municipales las ganó la izquierda y una coalición postelectoral de PSOE, PCE y PTA (maoístas y autodeterministas) ocupó el gobierno municipal. La Concejalía de Festejos correspondió al PTA. Así comenzó la historia de las Fiestas Populares en Zaragoza. En los 80 se utilizó el Pabellón Francés de la antigua Feria de Muestras como pabellón de fiestas, con sala de conciertos cubierta y explanada donde los colectivos de la ciudad (las peñas entre ellos) montaban sus chiringuitos para beber cerveza, calimocho y otros brebajes, o para comer bocatas, empanadas y demás. Yo participé en esos años, en los que el Ligallo de Fablans financiaba buena parte de sus actividades con la gestión de esa barra para Pilares.

 

Llegaron los 90 y García-Nieto reorganizó la ciudad, no sólo urbanísticamente, también socio-políticamente: se hizo un nuevo pabellón, pero en él solo tenían cabida las peñas que pasasen por el aro. Los colectivos protestamos e intentamos reorganizarnos, algunas peñas se escindieron y montaron la Agrupación de Peñas Populares (con las que todavía en 1995 colaboró Fablans), pero al final el PSOE se salió con la suya, para convertir al Pabellón Interpeñas en un gigantesco negocio. Las peñas sobreviven, sin embargo como la manera más importante y masiva de autoorganización popular de la fiesta, pero muy vigiladas por el Ayuntamiento desde Interpeñas, a cambio de buenas subvenciones. No son ya aquellas peñas reivindicativas de los 70 y 80, aunque mantienen su carácter popular. Resultaría estúpido no reconocer que la clase obrera aragonesa nutre mayoritariamente a las peñas y que, por tanto, forman parte de nuestra cultura de clase.

 

Algunos colectivos fueron organizando sus fiestas en el barrio de la Madalena que ahora hace las veces de una especie de Green Village zaragozano, con su colorido, su diversidad, su radicalismo estético y político, pero también su toque friki, folklórico y sectario. Pero bueno, si no, no se parecería tampoco al Green Village. Por otro lado camina el Ayuntamiento, con sus conciertos y actuaciones (muchas, es cierto, en la calle) y sobre todo la monumental Ofrenda de Flores, único acto que ha sobrevivido del franquismo, creado por éste y convertido, paradójicamente, en buque insignia de las “fiestas populares”.

 

Pero ¿Por qué? ¿Qué celebramos realmente los zaragozanos el 12 de octubre? ¿El día de la llegada de la Virgen a Zaragoza? Hay que decir bien alto que no. Eso lo sitúa la tradición católica un 2 de enero y durante 17 siglos así se celebró. Desde la conquista de Zaragoza por el Reino de Aragón, justamente el día de San Salvador de 1118, cuya onomástica correspondía entonces al 12 de octubre (por eso la Seo ostenta esa advocación), la fiesta mayor de la Ciudad era el Corpus Christi. Era el día en que salían “Los Gigantes y la Procesión”: los cuatro Gigantes originales representando a los soberanos de las cuatro partes del mundo rindiendo pleitesía al Cuerpo de Cristo y los cuatro Cabezudos originales representando a los cuatro brazos de las Cortes de Aragón (iglesia, nobleza, caballeros y ciudades, villas y aldeas) haciendo lo propio. Obviamente, tampoco celebramos esa conquista, al menos hoy en día, pues nadie recuerda el evento.

 

El primer año en que se celebró el Pilar el 12 de octubre fue en 1641. Pero, ¿Por qué? Al igual que las fiestas pilaristas, casposas y rancias, de entre 1936 y 1977, son reflejo del franquismo y posteriormente, con un toque más popular, de la contradictoria Monarquía parlamentaria, las fiestas de 1641 reflejan la sociedad y la política de la época y hay que conocer la sociedad y la política, y sus cambios, para entender los cambios de la fiesta. Hasta 1640, el Pilar de Zaragoza era una pequeña basílica románica, con su propio cabildo (y financiación ad hoc). Ahí se veneraba un Pilar (no una advocación de la Virgen) donde había estado la Virgen María “en carne mortal antes de ascender a los cielos”. El Pilar es la columna y eso era lo que se veneraba.  En 1641, sólo hacía 200 años que sobre el Pilar se había colocado una imagen de la Virgen.

 

La fiesta mayor de la ciudad era el Corpus Cristi, como ya se ha dicho, y su santo patrón, quien fuera su obispo al final del Imperio Romano: San Valero. El Pilar había sido, en tiempos musulmanes, lugar de reunión de mozárabes (como Santa Engracia) y su fiesta era el 2 de enero, cuando desde los barrios y las torres de las Huertas, la gente bajaba en romería de madrugada a “Misa de Infantes” (bueno, y todavía bajan). El cabildo “fuerte” de la ciudad era el de La Seo, alrededor del cual, desde la unión dinástica con Castilla, se agrupaban los adeptos al Partido Fuerista, celosos de la preservación de nuestra identidad política nacional frente al asimiliacionismo castellano de los seguidores del Partido Realista.

 

Tras la sublevación de 1591 y la ejecución sumaria de El Justicia de Aragón, los Reyes de España habían apoyado al cabildo de El Pilar como centro de reunión de sus partidarios, y la pequeña y humilde basílica del Pilar comenzaba a hacerle la competencia a la vieja Catedral consagrada a San Salvador (La Seo de San Salvador, se llama, de hecho). Aún a pesar de la dolorosa derrota militar de diciembre de 1591 y la represión posterior, el Partido Fuerista se había reconstituido y todavía ostentaba la hegemonía política en el país, el Partido Realista no logró aprovechar la victoria militar para hacerse con la hegemonía en las instituciones aragonesas, tan fuertes eran éstas, y sólo sobrevivía por el apoyo constante recibido de Madrid.

 

En 1641 la monarquía española cayó en profunda crisis fiscal. Los grandes dispendios militares efectuados para mantenerse como superpotencia, unidos a los enormes gastos suntuarios de la aristocracia castellana (clase dominante ad hoc de todo el Imperio), habían secado las arcas de la Corona de Castilla y la burocracia madrileña miraba con codicia las saneadas arcas de los pequeños Estados periféricos, que sobrellevaban con dignidad la crisis económica que se sufría en toda Europa. Como consecuencia, un nuevo decreto fiscal de la monarquía obligó a pagar más impuestos tanto en la Corona de Aragón como en el Reino de Portugal. En nuestro país hubo protestas, pero la correlación de fuerzas no permitió ir más allá, sin embargo en Portugal (dominado por el Imperio Español sólo hacía 60 añ 32  os) los partidarios del Rey de España eran escasos y sin fuerza, y sus Cortes, declararon la Independencia, aclamando a un nuevo Rey, apoyado por todos los estamentos (aristocráticos, eclesiales y populares) del Reino. En Cataluña los fueristas devinieron en secesionistas y proclamaron así mismo su independencia, en Aragón, sin embargo, había un nutrido grupo de partidarios del Rey dispuestos a dar la batalla por la integración.

 

El Rey de España decidió olvidarse de Portugal y centrar todos sus esfuerzos en la reconquista de Cataluña. Pero tenía un problema: las Cortes de Aragón se habían declarado neutrales en la guerra y, en libre ejercicio de su soberanía, no permitían el paso de los ejércitos castellanos por su territorio. Mientras tanto, el Partido Fuerista (liderado, tal vez, por el Conde de Sástago, sospechas que luego le costarían la vida, a él y otros de sus amigos, a manos de la “justicia” Real) intentaba organizarse para impulsar la sublevación también aquí, y tal vez en contacto con otros conjurados en el Reino de Valencia. Felipe IV podría haber ordenado como su abuelo una nueva invasión de Aragón, pero esta vez Aragón hubiese contado con el apoyo de Cataluña en su retaguardia, y muy probablemente también de su archienemigo, el Reino de Francia; y los Tercios de Flandes ya no eran lo que habían sido en 50 años antes, con lo que cambió de estrategia: Colmó de halagos a los aragoneses, convocó Cortes de Aragón en Alcañiz para ese mismo año a las que acudió en persona, reconoció por escrito la belleza de la lengua aragonesa de la que dijo gozar con su lectura (hace años publicó el sorprendente texto la revista Rolde), e incluso convocó un concurso poético en nuestra lengua (que ganó Ana Abarca de Bolea). En fin, que el Rey de España era el primer aragonesista.

 

El objetivo de las Cortes convocadas era declararle la guerra a Cataluña y, por tanto, permitir el paso del ejército castellano por Aragón. Pero obviamente, el Partido Fuerista se resistía, el Rey necesitaba un golpe de efecto que, en clave de la cultura barroca de la época, convencieses  a las masas, muy religiosas (“el opio del pueblo…”) a favor de su política belicista. El Rey de España había conseguido ya el apoyo del Papado, y el 12 de octubre ocupaba ya su puesto en la imaginería política como “día de la raza”, aunque San Salvador, que se celebraba ese día, era un santo bastante inútil a los objetivos del Rey. La solución vino por sí misma: pegueñar un milagro realizado por la Virgen del Pilar (“sede” de los partidarios del Rey en Aragón) el 12 de octubre, que convenciese a los aragoneses de que la Unidad de España era voluntad divina y les dejase bien claro que era el Rey de España quien mandaba. Dicen que 7 notarios firmaron que al cojo de Calanda le había crecido la pierna amputada, pero ¿cuántos no hubiesen firmado en el contexto de la histeria político-religiosa del momento? Hubiesen seguido la misma suerte que los cabecillas del Partido Fuerista, que fueron acusados (sin pruebas, pero muy probablemente con razón) de intentar la independencia de Aragón: su ejecución sumaria.

 

Las Cortes de Aragón aprobaron así la guerra contra Cataluña y la aceptación de la Virgen del Pilar como patrona de Zaragoza, Aragón y España (compartiendo patronazgo con San Valero, San Jorge y Santiago, respectivamente) y que su nueva festividad recayese el 12 de octubre, “día de la raza” de la Monarquía Hispánica. En los siguientes 10 años, Aragón se desangró en una guerra contra sus hermanos catalanes que acabó sumiendo más todavía  a los Estados de la antigua Corona de Aragón en el dominio absolutista del Imperio Español y el marasmo económico.

 

Las fiestas del Pilar fueron diseñadas hace 360 años ya para que los aragoneses comprendiésemos que somos españoles y así reclutarnos, con nuestras fiestas, para reproducir el discurso imperialista de la monarquía española.

 

Durante siglos, las fiestas del Corpus fueron declinando y cogiendo fuerza las del Pilar, el partido fuerista desapareció, aunque fue sustituido por discursos autonomistas y aragonesistas, más o menos sinceros, más o menos moderados y más o menos timoratos; pero el partido realista se engordó y se trasformó en un auténtico partido nacionalista español, que en los años 30 tomó la forma del fascismo y trató de deglutir a las clases populares, tras derrotarlas en la guerra del 36: igual que se inventó los sindicatos verticales para encuadrar bajo sus órdenes a los obreros, hizo de la cultura popular aragonesa un pastiche baturrista para la reproducción de su discurso fascista.

 

En 1958, el Real Aeroclub de Zaragoza (club exclusivo de la clase dirigente local, alta burguesía y jefes militares) decidió conmemorar otro “milagro” pilarista: la no-explosión de las bombas caídas sobre la plaza y la basílica en 1938 (de poco sirve que los planes de vuelo de ese bombardeo expliquen de forma científica y técnica porqué no explotaron la bombas). Para realzar las exhibiciones aéreas de ese 12 de octubre de 1958, el alcalde franquista de la época decidió copiar la ofrenda de flores que se realiza en Valencia a la “Verge dels Desamparats” con ocasión de las fiestas mayores de esa ciudad. Ignoraba el alcalde que en octubre no hay flores más que de invernadero y que por eso la fiesta valenciana es en marzo, pero había que inventar algo vistoso para realzar la unión mística entre el Régimen y el Pueblo por medio de la Virgen del Pilar como símbolo de la Unidad de España. Como en 1641.

 

Mi madre, que vivía en el casco viejo de la ciudad, recuerda la ofrenda: hicieron un llamamiento a todas las mozas para que vistiese el “traje regional” (el vestido de campesina aragonesa, que hasta primeros de siglo XX vistió la mayoría de las mujeres de una ciudad todavía agraria como era Zaragoza entonces) y fuesen a la Plaza de Los Sitios (rebautizada por el franquismo como “de José Antonio”) para recoger cada una un ramo de claveles y fuesen ordenadamente a realizar la ofrenda de flores a una imagen de la Virgen en la Plaza del Pilar. El que haya visto la ofrenda valenciana, donde cada Casal Faller lleva sus flores el día que le viene bien durante las fiestas, con todo el Casal encabezado por su banda de música y su fallera mayor en procesión por toda la ciudad, cortando el tráfico a su libre albedrío, comprenderá la diferencia entre una fiesta realmente popular y este “nuestro” engendro franquista.

 

El cambio de Régimen también significó el cambio de las formas, y el engendro se convirtió en una manifestación popular donde se observaba la cara del nuevo Régimen, aragonesismo incluido, en el mejor gusto y más espontaneidad de los trajes y también en el carácter popular y masivo de la celebración. Pero el significado viene a ser el mismo que antaño: la unión mística entre Pueblo Aragonés y Reino de España por medio de la santificación del 12 de octubre, día del Pilar, como Día Nacional de España. Paradójicamente, cuando los jóvenes de izquierda de los 70 pedían (pedíamos, que aunque yo era un crío, allí hubiese estado si hubiese podido) unas fiestas populares, estábamos en realidad trabajando para la consolidación ideológica del Régimen que queríamos socavar. ¿Y entonces, qué hacemos? Nos encontramos con que las fiestas populares de Zaragoza son un símbolo, en sí mismas, de colonización: la secular manipulación que se ha hecho de la fiesta desde el Poder centralista de la Monarquía española ha tenido como objetivo que nuestras fiestas se conviertan en una exaltación más de sus símbolos, especialmente de la Virgen del Pilar como “nexo sagrado” entre el Pueblo Aragonés y el Reino de España.

 

Sin embargo, sería miope ignorar la trasformación que de esas fiestas ha realizado el propio pueblo aragonés al apropiarse de ellas: realmente, para cualquiera que viva las fiestas del Pilar de Zaragoza, el españolismo resulta anecdótico, forzado desde las instituciones y en muchos casos postizo o incluso residual. La dialéctica entre el discurso españolista de las instituciones del Reino de España y el concepto de Fiestas Populares como conquista frente a esas instituciones genera una situación contradictoria que, como socialistas e independentistas aragoneses debemos afrontar.

 

Sobre las Peñas hay que decir que es cierto que la Federación Interpeñas funciona, en muchos casos, como una herramienta del Alcalde para domesticar a los peñistas, que su Pabellón es un monstruo totalmente mercantilizado, pero no es menos cierto que las peñas de Zaragoza son una forma genuina de auto-organización popular, de socialización de las clases populares con un objetivo claramente lúdico, pero que en la práctica resulta una alternativa totalmente válida frente a la programación institucional. Se puede ser peñista y crítico con Interpeñas, las peñas son una alternativa asociativa propia de los barrios obreros tan válida como cualquier otra, y no estaría de más resucitar el espíritu de su fundación, readecuándolo a la actualidad, potenciando las expresiones culturales genuinamente aragonesas, propiciando su independencia respecto del Ayuntamiento y promoviendo un concepto de fiesta echa por el pueblo y por el pueblo.

 

Las Peñas de Zaragoza representan el genuino espíritu de las clases populares de la ciudad, “el ambiente de la Madalena” no es más que otra propuesta lúdica más, muy politizada desde la izquierda, lo que sin duda tiene su potencialidad positiva; pero también, hay que decirlo, fuertemente sectaria. Los nacionalistas de izquierda aragoneses debemos estar con el Pueblo Aragonés, y en las Fiestas de Zaragoza eso significa participar en la Peña de nuestro barrio (como socios o como simples invitados), sin despreciar otras alternativas lúdicas, pero entendiendo que nuestro lugar está entre nuestra gente.

 

Mención aparte merece las ofrendas de flores y frutos a la Virgen del Pilar. Son actos religiosos que se entremezclan con lo político (como hemos demostrado) y que deben ser rechazados por cualquier aragonés de ideas nacionalistas y de izquierdas: debemos reclamar un Estado Aragonés laico y eso significa exigir políticamente la separación total de la Iglesia Católica, así como, en lo personal, renunciar a participar en ninguna de esas manifestaciones que, tras su velo aragonesista, ocultan el verdadero espíritu colonial de los valedores de la Monarquía Española.

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