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Contra el estalinismo

Ultimamente se viene desarrollando una corriente dentro del independentismo aragonés que se define como marxista-leninista, reivindica  la acción política de Stalin como adecuada y pretende que el llamado estalinismo nunca existió y es un invento de la propaganda derechista antisoviética.

 

Las respuestas que se vienen dando, de manera esporádica, desde el resto del independentismo se han centrado hasta ahora en la repulsa a los crímenes de Estado cometidos en la URSS durante los años de Stalin. Lo habitual: considerar el fenómeno denominado “estalinismo” en clave de mezquina lucha de poder o incluso en términos de psicología personal. Es una explicación simplista, de raíz liberal, que ignora los términos del debate que se suscitó al respecto  en el seno de la izquierda internacional en su día. Este debate hace años que se resolvió desde otro enfoque: el estalinismo debe entenderse como crisis social en el seno de la URSS y tiene también base en el anquilosamiento del pensamiento marxista como doctrina política simpificada y trivializada para el consumo masivo popular, destinada no a la investigación social, sino a justificar el poder soviético.

 

Josep Fontana, gran historiador marxista catalán, expuso ya el  análisis de todo esto y correspondiente conclusión en su libro “História. Análisis del pasado y proyecto social” (Editorial Crítica, Barcelona, 1982) en el que estudia la relación entre la metodología del estudio histórico y el proyecto político del historiador. Defiende Fontana en este libro que los historiadores que trabajan al servicio de un cambio social tienden a estudiar los mecanismos de cambio de las sociedades y en ese sentido el materialismo histórico (vulgarmente conocido como marxismo) se ha demostrado como una línea teórica fundamental para la izquierda. Sin embargo, cuando el objetivo político consiste en legitimar un régimen social, el historiador se convierte en una especie de sociólogo preocupado por estudiar cómo funciona la sociedad, considerando los conflictos y cambios como “cosa del pasado”; distinguiendo así el presente (la economía política) por un lado de la historia que se centraría en el pasado y por otro el proyecto político para un futuro indeterminado. Por el contrario, un historiador comprometido con el cambio social tiene una visión de conjunto del estudio histórico, la crítica de la economía política actual y el proyecto social de futuro: todo es una misma cosa y las “separaciones”, de haberlas, sólo tienen carácter funcional.

 

En el citado libro, Fontana dedica unas páginas a estudiar el estalinismo como crisis social concreta en la que los dirigentes soviéticos toman como doctrina una versión simplificada del marxismo con el objeto de sostenerse en el poder.

 

Toma Fontana de Michal Reiman la explicación del surgimiento del estalinismo en “el fracaso en lograr el crecimiento industrial ambicionado y que se suponía una condición para la victoria del socialismo. La propia revolución, al satisfacer una serie de aspiraciones populares, había roto los mecanismos de acumulación de capital existentes con anterioridad, y las destrucciones de la guerra mundial (la primera) y la guerra civil habían agravado considerablemente la situación. A fines de 1927 resultaba evidente que no se podía satisfacer las demandas de productos industriales de la población rusa, lo que invalidaba las posibilidades de alcanzar el desarrollo industrial por la vía de la Nueva Política Económica (NEP). Y se escogió el salto hacia adelante: la movilización general de los recursos, aún a costa de sacrificar muchas de las conquistas populares obtenidas de la revolución. La función del terror no era tanto la de liquidar la oposición política como la de facilitar este cambio de rumbo; era, en palabras de Reiman, “un medio de trasformación violenta de las condiciones de vida y trabajo de millones de personas”, que reforzaría las peores formas de opresión social. En este contexto se puede entender el uso que había de hacerse de la versión codificada del marterialismo histórico – esa extraña cosa llamada “marxismo-leninismo”- como forma de legitimación, y el grado de distorsión que introduciría su subordinación a las necesidades políticas coyunturales: a las directrices del partido”. (pág. 220)

 

Tras esta explicación, Fontana dedica unas páginas a ilustrar y explicar cómo la investigación histórica en la URSS se subordinaba a las luchas internas del partido, triunfando una interpretación u otra de las crisis capitalistas en función de la línea dominante en el Politburó. Esta línea política ya no puede reclamarse marxista, pues como ya nos había adelantado Fontana un par de páginas antes “lo que en Marx ha sido concebido como un método abierto, indisolublemente ligado a un proyecto político a largo plazo, se nos presenta aquí (habla en concreto de la obra Plejanov) cerrado y simplificado, trasformado en doctrina, pero en doctrina tan elemental, que resulta difícil ver qué clase de investigación concreta hubiera podido sustentarse en ella.” (pag. 218)

 

El marxismo-leninismo (hay que distinguir esta construcción soviética de la obra concreta de Lenin, de mucho interés en sí misma) nació como doctrina tras la muerte de Lenin para justificar las políticas del PCUS en la URSS. Así pues, siguiendo la línea marxista de Fontana, no es más que una doctrina conservadora del Régimen soviético, sin más recorrido como fuente de análisis de la realidad histórico-social. Pero ya no existen ni  la URSS ni el PCUS, por lo que definirse hoy en Aragón como marxista-leninista no tiene sentido: no ayuda a comprender la situación actual de Aragón, sus conflictos y sus perspectivas de cambio social.

 

Sin embargo, está bien que desde el independentismo aragonés se estudien las políticas de la URSS, sin complacencia pero sin caer tampoco en el simplismo infantil de reducirlo todo a una especie de conspiración paranoíca. No hay que olvidar que los logros que se puedan aceptar de la URSS se consiguieron con una política, la denominada “comunismo en un solo país”, que a corto plazo significó la opresión de las masas y a largo plazo la derrota de todo el movimiento comunista. Hoy, la política industrialista de la URSS (paralela al desarrollismo capitalista) es totalmente contradictoria con las propuestas surgidas del ecosocialismo definidias genéricamente como decrecimento sostenible.

 

Hablando en plata, el reconocimiento de que la URSS asumió siempre el derecho a la autodeterminación de los países que la componían (y por eso hoy pueden ser independientes) y que la industrialización soviética, por brutal que fuese, sacó a esa sociedad del feudalismo y la libró de la condena a ser otra colonia del Capital, debe ser valorado, y todo ello puede ser positivo si acerca a la gente del PCPA a posiciones soberanistas, pero mientras se quiera utilizar la etiqueta del marxismo-leninismo para justificar la indolencia electoral de una parte de los independentistas aragoneses, todo quedará en un mero “pleito á o sol”

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