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Se Reventó la Mula

La crisis del euro está llevando a algunos sectores de las izquierdas nacionales de los Estados que conforman la UE a plantear abiertamente la salida de sus respectivos países del euro y la vuelta a sus monedas nacionales. Esta opinión ha calado especialmente en Grecia.

En la izquierda española también está extendiéndose esta idea: en los mismos círculos que proponen una III República se plantea también, aunque aún tímidamente, la vuelta a la peseta.

Los argumentos económicos que se dan es que la vuelta a la peseta devolvería soberanía económica al gobierno español, que podría devaluar la moneda para hacer más competitiva la economía española frente a las economías extranjeras. Básicamente, repetir el mecanismo económico de los países pobres: la permanente devaluación significa así mismo una devaluación del trabajo y los productos nacionales, lo que favorece la exportación y el turismo, o sea, la entrada de divisas (indispensables para la compra tanto de materias primas como de bienes tecnológicos), aunque signifique también una inflación crónica que golpea a quienes no tienen acceso a las divisas.  Después de todo fue así como los gobiernos “tecnocráticos” del Opus Dei franquista sacaron a España del marasmo de las políticas falangistas de los años 40 y 50.

Aunque se envuelvan en la tricolor, esas propuestas significan plantear la vuelta a la España del turismo y la mano de obra barata.

También hay quien plantea una fórmula más flexible: aceptar el euro como divisa fuerte, pero que el Gobierno de España vuelva a emitir pesetas para pagar sus deudas, apalancadas en el Patrimonio Nacional. Si la primera propuesta resulta totalmente anticuada, ésta en cambio sí que se observa en otros países con cierto éxito. En Argentina por ejemplo el dólar es de uso común en las transacciones internas de cierta cuantía, por ejemplo en la compraventa de inmuebles, y en Cuba funciona con evidente éxito el llamado “peso convertible”, el que los ciudadanos pueden obtener a cambio de divisas para la compra de bienes de importación, sobre todo tecnológicos (como electrodomésticos), sin embargo, la consolidación de esta situación lleva a sociedades duales: divididas en dos grandes clases sociales: la que tiene acceso a divisas, y la que no. La corrupción se extiende, pues la clave para el bienestar es obtener divisas como sea en el mercado negro.

Pero la peor consecuencia sería que la recuperación por parte del Reino de España de su soberanía nacional, o sea, tener su propia moneda, su propia política fiscal y su propia política arancelaria supondría, para que fuese efectiva, el cierre de la frontera con la República Francesa y la renuncia a la financiación Europea. Todo ello resultaría catastrófico para la economía aragonesa, que en buena medida ha venido prosperando gracias a las exportaciones de sus productos a la UE, y que todos sabemos que, con una mejora de las infraestructuras crecería y prosperaría aún más de manera sostenible.

El cierre de la frontera norte de Aragón y el encierro económico de España en una moneda débil significaría volver a aquella época en que Aragón, en palabras del cenetista grausino Angel Samblancat, era “la mula de carga de España”:  Cuando Aragón era el granero de media España, el corredor del Ebro la huerta más productiva del norte peninsular, Zaragoza un centro de comunicaciones e industrial pujante y los pueblos aragoneses tenían un auténtico “ejército de mano de obra” de reserva para la industria catalana o vasca.

Pero Aragón ya no puede ser la mula de carga de España, precisamente fueron esas políticas franquistas de los años 50 las que la reventaron. Tal vez en las provincias del Sur del Reino de España los pueblos que hace 100 años tenían 2000 habitantes hoy tengan 6000, pero en Aragón, los pueblos de ese tamaño entonces hoy tal vez tengan 200 habitantes, y la mayoría jubilados. Tal vez las provincias del Sur de España hayan engordado estos años, pero Aragón está intentando reponerse de la reventada; y no se puede decir que lo hayamos hecho del todo mal: precisamente la apertura de las fronteras, junto a la recuperación de cierta autonomía política, nos ha permitido mirar al norte y trasformar nuestra economía.

Tal vez para las provincias del Sur del Reino de España sea una buena idea salirse del Euro y volver a viejas políticas inflacionistas, con una moneda devaluada y una economía orientada al turismo y a la industria intensiva en mano de obra. Pero para Aragón eso significa volver al viejo papel de “mula de carga” y no se trata, insisto, de que no queramos serlo por una mera cuestión de dignidad, es que no podemos. Insisto: Franco reventó a la mula, esa mula murió, Aragón hoy es otra cosa.

Tal vez, pues, las Provincias del Sur y el Oeste del Reino de España insistan en tener una moneda propia y poner, de nuevo, una frontera con Europa. Pero entonces por lo menos una lengua se alzará exigiendo el derecho de Aragón a decidir que esos señores de tricornio de charol, mostacho, capote verdeoliva y mosquetón se ubiquen en Arcos de Jalón y no en el Alto del Somport.

Y si eso, constituimos la Republica Aragonesa, como miembro de la UE. Porque para la estructura económica aragonesa actual sería más adecuado ser socio menor, incluso, de la República Francesa, si lograsen eliminar el euro, que no una provincia de la España de la peseta y el gasógeno.

R. Fleta.

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Estado Aragonés ante el pacto del Euro

La izquierda de toda Europa se indigna ante el llamado Pacto del Euro. El llamado Pacto del Euro es un conjunto de consejos económicos aprobados por la Comisión Europea, pero en realidad elaborados por el Gobierno Alemán  y el Francés.

En realidad, el valor de sus consejos concretos  a los países miembros de la UE es muy relativo: por ejemplo el Gobierno Zapatero se ha negado a la subida del IVA o el recorte de las cotizaciones a la Seguridad Social, planteada desde Bruselas.

El Pacto del Euro es la respuesta neoliberal a la crisis financiera y significa, en resumen, que para sostener el sistema que ha entrado en crisis han de recortarse los ingresos de los trabajadores para conseguir recuperar los beneficios de las empresas y bancos. Se reiniciaría así el ciclo de acumulación de capital y podría por tanto “volver a inflarse la burbuja”.

En definitiva, sacarle el dinero a la clase trabajadora y capas medias para dárselo a bancos y empresas. No hay que olvidar que el dinero que realmente existe, el que de verdad representa el valor de la producción, es el que surge de la “economía real”, no el del capitalismo financiero, pues este, por el sistema de crédito, representa no sólo el que vale en sí, sino también el de una supuesta revalorización por el crecimiento económico futurible.

Ante esta ofensiva capitalista de neocons y neoliberales, la izquierda se muestra no sólo dividida, sino desorientada: la socialdemocracia intenta gestionar el nuevo escenario intentando minimizar los recortes propuestos sin enervar demasiado a los mercados,  hasta que los neocon suban a los gobiernos. En realidad con esa política tan sólo prepara una política neoliberal todavía más dura.

El resto de la izquierda se organiza en movimientos de protesta contra las consecuencias más inmediatas de las políticas, pero somos incapaces de articular una alternativa mínimamente coherente y unitaria.

Lo más grave es que desde algunos sectores de la izquierda anticapitalista se está empezando a plantear la posibilidad de abandonar el euro y volver a las antiguas monedas nacionales, para contrarrestar la especulación financiera por medio de la devaluación y la consiguiente inflación.  Este planteamiento no tiene nada de anticapitalista, simplemente es una vieja receta monetarista de la escuela liberal neoclásica que planteada desde la izquierda nos asoma a un escenario sociopolítico similar al de Cuba o Corea del Norte.

Además no profundiza en las causas de la crisis financiera actual: los grandes inversores norteamericanos están preocupados con una posible bancarrota de USA, anunciada ya por Obama: sus ingresos, los de los inversores de sus abultadas carteras de clientes, están en dólares, los de los planes de inversión, seguros médicos y jubilación privados. Una bancarrota de USA significaría un desplome en el precio de sus valores, sobre todo si el euro se mantuviese como una divisa fiable y fuerte. No es casualidad que las agencias de rating, todas yanquis, devalúen la credibilidad de la deuda de Grecia, Irlanda o Portugal a un nivel inferior al de Irak. La crisis financiera tiene un origen geopolítico, sacar a España del Euro no sólo significaría aislacionismo, autarquía y tal vez estalinismo y escasez, sino hacerle el juego a los USA.

Lo que necesita la clase trabajadora y las capas medias europeas es una política de izquierdas que apueste por un fortalecimiento confederal de Europa, con una política fiscal coherente, que adopte de una vez la llamada Tasa Tobin (un impuesto sobre las transacciones financieras) con poder para hacer frente, desde el Estado de Bienestar, a las ofensivas especulativas del capital norteamericano.

Estado Aragonés rechaza la propuesta, que se realizan desde algunos sectores de la izquierda española,  de sacar a España del Euro y volver a la peseta. En el improbable caso de que ello se produjese, Estado Aragonés reclamaría la secesión inmediata de Aragón y nuestra adhesión a la Europa del Euro como un Estado Soberano. Tenemos el doble de población que Luxemburgo y una extensión superior a la de Dinamarca. Si nos lo proponemos, somos capaces.

 

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