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Del 11 de septiembre al 12 de octubre.

Los 31 días que van de la festividad de la derrota catalana a la festividad del “delirante” descubrimiento de América por la Marca España han sido realmente prolíficos en eventos que denotan lo lejos está la derecha españolista del PP, actualmente en el gobierno, no ya de la realidad sino de la racionalidad. El intento de combatir la presión de los acontecimientos con  ideología (un combinado ideológico nefasto e indigerible, entre conservadurismo a lo tea party, pero en plan cateto, franquismo crepuscular, catolicismo preconciliar y los desnudos intereses oligárquicos de siempre) denotan lo mal que se puede gobernar un país en base al inmovilismo y el dogmatismo y la profunda crisis en que lo está metiendo esa política.

Rajoy se ha paseado por medio mundo buscando inversores y soltando tal sarta de mentiras sobre la economía y la situación en España. En Japón, que no son tontos, se estaban preguntando les habían mandado realmente al Presidente de Gobierno español o a un clown sin maldita la gracia. Y así le ha ido. Y es que en eso de las mentiras ya no hay quien le gane ni a él ni a su llamado “equipo de gobierno”. En dos años escasos de gobierno ya han dicho más que Aznar y Zapatero juntos en los 16 años anteriores. Dicen que subirán las pensiones cuando las están bajando, que no habrá copago cuando lo hay, que dan más becas cuando no dan…  Todo lo llevan así en el descaro de reírse en la propia cara de la ciudadanía y a base de insuflar mentiras en los medios de comunicación para tapar el desfalco que están haciendo a la sociedad. Incapaz de convencer a los de dentro se va a convencer a los fuera, dónde este mentiroso compulsivo con temperamento de hidalgo español, solo conocedor de lo suyo, ha hecho el ridículo más espantoso.

Van por el mundo sin la mínima preparación. Como se suele decir “de sobraos”. ¡Soy español, me admiran! No se puede salir de España pensando que te van a entender con tu castellano (única opción idiomática en aquellas escuelas tardo-franquistas donde estudiaron y les hicieron creer que era realmente una lengua universal), cuando todo lo que es importante en el Mundo no emplea el castellano para nada. No se puede salir pensando que los profesionales de la prensa extranjera te van a tapar la parte de la entrevista que no te gusta como cualquier medio afecto en España. Toda esa arrogancia paleta se les viene encima cuando salen al exterior. Demostrado ha quedado con la presentación de la candidatura olímpica de Madrid y el viaje de Rajoy por el Mundo.

Para el PP, la educación es el caballo de batalla de su programa ideológico: en su modelo no debe faltar castellano ni religión en una escuela clasista, segregadora y adoctrinadora. Pero ya le han dicho a Wert que la LOMCE durará lo que dure la mayoría parlamentaria del PP en el Congreso de los Diputados. Les importa un pito, ellos adelante, como el buey que va al degolladero. Anteponer la ideológica de partido sobre cualquier otra consideración, en el ámbito educativo, ha llegado a una situación delirante en Baleares donde para acabar con la inmersión lingüística en catalán el gobierno balear, en manos del PP, ha impuesto el decreto de trilingüismo. Tres idiomas para aturdir a los docentes y minorizar la influencia del catalán en las escuelas. Aquí una muestra clarificadora de que siempre es el españolismo, y no los que reclaman reconocimiento a su lengua autóctona, el que hace ingeniería social en la escuela.

No han faltado actos de exaltación del Franquismo por la geografía del poder pepero. El Franquismo es un fuego mal apagado, se vuelve a avivar. Siempre ha formado parte de la genética de la derecha española. ¿Cómo puede alguien condenar sus genes? ¡Ni mucho menos! Hay que demostrar la casta y salir a la calle, usando si son necesarios los colegios para vender parafernalia fascista. La ONU ya le ha dado un toque al Gobierno español con su nula predisposición a cumplir con la Ley de la Memoria Histórica y averiguar el destino de los 114 mil desaparecidos forzosos de España, segundo país del mundo después de Camboya. Vamos, una situación de absoluta vergüenza internacional y más a estas alturas, a los 38 años de la muerte del dictador y tras una “modélica transición democrática”. ¡Buena consideración para la ya muy cochambrosa  Marca España!

A Sánchez-Camacho la conspicua dirigente del PP catalán, le han picado la cresta en su propio partido y es que el gallinero españolista se las trae. Parece que le ha picado el “bichito” del catalanismo y ha tenido el atrevimiento de proponer un trato fiscal diferenciado para Cataluña. ¡La que ha montado! Desde la baronía aragonesa del PP, nada sospechosos que les haya picado nunca el “bichito” del aragonesismo ni que hayan pedido jamás un “trato diferente” para Aragón, han dicho que están “profundamente en desacuerdo” y que “el concepto que debe primar en el nuevo sistema es el que recoge la Constitución, la solidaridad”. ¡Olé su casta! Más papistas que el Papa y más centralistas que la Puerta del Sol. Auténticos ejecutores de la voluntad del que manda en Madrid, venga a ocupar poder regional, que no se hagan políticas aragonesistas y que nada se desmadre en el “corregimiento de Aragón”

Y así en este desiderátum de despropósitos de la hispánica derecha llegamos al 12 de octubre fiesta de todo lo casposamente festejable en este país, el “Día nacional de las Españas solidarias”, el “Día de la Hispanidad” (o de como la sífilis y la espada, construyen un imperio colonial), amén de otros patronazgos ya sabidos. Este año además el nacionalismo español tendrá que demostrar fortaleza y vigor ante el catalán y tendrá que hacerle la réplica en su propia casa; y es que es muy propio del españolismo plantar bandera allá donde no siendo muy fuerte tampoco se le aprecia mucho. En Aragón, la colonización de la fiesta del Pilar por el españolismo resulta abrumadora. No es distinta a la que sufren otros símbolos y otros aspectos de la vida aragonesa y cabe esperar que vaya a más en los tiempos venideros, cuando Aragón se convierta en refugio de los que se sientan expulsados por el independentismo catalán. Afortunadamente queda algo nuestro en la parte profana de la fiesta, es el aragonesismo interno, el de origen, ese que nos hace resistentes, del que hemos hablado en otras partes de este blog y que le trae al pairo las conmemoraciones delirantes del españolismo.

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Fiestas populares y colonización. “Pal Pilar sale lo mejor”

La Reivindicación de unas Fiestas Populares tras el Franquismo

 

Tengo edad para recordar la reivindicación de unas fiestas populares en Zaragoza, allá por 1978. Recuerdo a las peñas manifestándose en la calle Alfonso pidiéndolas, y me llamó la atención la reivindicación de encierros como en Pamplona. Me pareció estimulante la idea, la verdad: yo tenía 11 años y ya empezaba a hacer mis pinitos en la suelta de vaquillas en el pueblo de mi padre, Azuara, con lo que unos encierros que trascurriesen por la calle Pignatelli hasta la plaza de toros me parecieron buena idea. Afortunadamente, el “primer Ayuntamiento democrático tras el franquismo” en 1979 no instituyó la barbaridad de los encierros y a mi me entró el conocimiento con 15 años y dejé de saltar a las vaquillas.

 

Pero no, la exigencia de fiestas populares no era una simple reivindicación festiva: en 1977 comenzaron a constituirse peñas en los barrios de Zaragoza, impulsadas por jóvenes militantes de izquierda, fundamentalmente de las JJSS, JCA, JGR y JAR, como una forma de movilizar a la juventud por unas “fiestas populares” que cuestionase también al Régimen en la forma de divertirse. Algunos amigos de la Peña La Pasarela recuerdan en primera persona “aquellos maravillosos años”. Lo de los encierros no era más que una anécdota, aquello era un auténtico movimiento popular.

 

En el 79 las elecciones municipales las ganó la izquierda y una coalición postelectoral de PSOE, PCE y PTA (maoístas y autodeterministas) ocupó el gobierno municipal. La Concejalía de Festejos correspondió al PTA. Así comenzó la historia de las Fiestas Populares en Zaragoza. En los 80 se utilizó el Pabellón Francés de la antigua Feria de Muestras como pabellón de fiestas, con sala de conciertos cubierta y explanada donde los colectivos de la ciudad (las peñas entre ellos) montaban sus chiringuitos para beber cerveza, calimocho y otros brebajes, o para comer bocatas, empanadas y demás. Yo participé en esos años, en los que el Ligallo de Fablans financiaba buena parte de sus actividades con la gestión de esa barra para Pilares.

 

Llegaron los 90 y García-Nieto reorganizó la ciudad, no sólo urbanísticamente, también socio-políticamente: se hizo un nuevo pabellón, pero en él solo tenían cabida las peñas que pasasen por el aro. Los colectivos protestamos e intentamos reorganizarnos, algunas peñas se escindieron y montaron la Agrupación de Peñas Populares (con las que todavía en 1995 colaboró Fablans), pero al final el PSOE se salió con la suya, para convertir al Pabellón Interpeñas en un gigantesco negocio. Las peñas sobreviven, sin embargo como la manera más importante y masiva de autoorganización popular de la fiesta, pero muy vigiladas por el Ayuntamiento desde Interpeñas, a cambio de buenas subvenciones. No son ya aquellas peñas reivindicativas de los 70 y 80, aunque mantienen su carácter popular. Resultaría estúpido no reconocer que la clase obrera aragonesa nutre mayoritariamente a las peñas y que, por tanto, forman parte de nuestra cultura de clase.

 

Algunos colectivos fueron organizando sus fiestas en el barrio de la Madalena que ahora hace las veces de una especie de Green Village zaragozano, con su colorido, su diversidad, su radicalismo estético y político, pero también su toque friki, folklórico y sectario. Pero bueno, si no, no se parecería tampoco al Green Village. Por otro lado camina el Ayuntamiento, con sus conciertos y actuaciones (muchas, es cierto, en la calle) y sobre todo la monumental Ofrenda de Flores, único acto que ha sobrevivido del franquismo, creado por éste y convertido, paradójicamente, en buque insignia de las “fiestas populares”.

 

Pero ¿Por qué? ¿Qué celebramos realmente los zaragozanos el 12 de octubre? ¿El día de la llegada de la Virgen a Zaragoza? Hay que decir bien alto que no. Eso lo sitúa la tradición católica un 2 de enero y durante 17 siglos así se celebró. Desde la conquista de Zaragoza por el Reino de Aragón, justamente el día de San Salvador de 1118, cuya onomástica correspondía entonces al 12 de octubre (por eso la Seo ostenta esa advocación), la fiesta mayor de la Ciudad era el Corpus Christi. Era el día en que salían “Los Gigantes y la Procesión”: los cuatro Gigantes originales representando a los soberanos de las cuatro partes del mundo rindiendo pleitesía al Cuerpo de Cristo y los cuatro Cabezudos originales representando a los cuatro brazos de las Cortes de Aragón (iglesia, nobleza, caballeros y ciudades, villas y aldeas) haciendo lo propio. Obviamente, tampoco celebramos esa conquista, al menos hoy en día, pues nadie recuerda el evento.

 

El primer año en que se celebró el Pilar el 12 de octubre fue en 1641. Pero, ¿Por qué? Al igual que las fiestas pilaristas, casposas y rancias, de entre 1936 y 1977, son reflejo del franquismo y posteriormente, con un toque más popular, de la contradictoria Monarquía parlamentaria, las fiestas de 1641 reflejan la sociedad y la política de la época y hay que conocer la sociedad y la política, y sus cambios, para entender los cambios de la fiesta. Hasta 1640, el Pilar de Zaragoza era una pequeña basílica románica, con su propio cabildo (y financiación ad hoc). Ahí se veneraba un Pilar (no una advocación de la Virgen) donde había estado la Virgen María “en carne mortal antes de ascender a los cielos”. El Pilar es la columna y eso era lo que se veneraba.  En 1641, sólo hacía 200 años que sobre el Pilar se había colocado una imagen de la Virgen.

 

La fiesta mayor de la ciudad era el Corpus Cristi, como ya se ha dicho, y su santo patrón, quien fuera su obispo al final del Imperio Romano: San Valero. El Pilar había sido, en tiempos musulmanes, lugar de reunión de mozárabes (como Santa Engracia) y su fiesta era el 2 de enero, cuando desde los barrios y las torres de las Huertas, la gente bajaba en romería de madrugada a “Misa de Infantes” (bueno, y todavía bajan). El cabildo “fuerte” de la ciudad era el de La Seo, alrededor del cual, desde la unión dinástica con Castilla, se agrupaban los adeptos al Partido Fuerista, celosos de la preservación de nuestra identidad política nacional frente al asimiliacionismo castellano de los seguidores del Partido Realista.

 

Tras la sublevación de 1591 y la ejecución sumaria de El Justicia de Aragón, los Reyes de España habían apoyado al cabildo de El Pilar como centro de reunión de sus partidarios, y la pequeña y humilde basílica del Pilar comenzaba a hacerle la competencia a la vieja Catedral consagrada a San Salvador (La Seo de San Salvador, se llama, de hecho). Aún a pesar de la dolorosa derrota militar de diciembre de 1591 y la represión posterior, el Partido Fuerista se había reconstituido y todavía ostentaba la hegemonía política en el país, el Partido Realista no logró aprovechar la victoria militar para hacerse con la hegemonía en las instituciones aragonesas, tan fuertes eran éstas, y sólo sobrevivía por el apoyo constante recibido de Madrid.

 

En 1641 la monarquía española cayó en profunda crisis fiscal. Los grandes dispendios militares efectuados para mantenerse como superpotencia, unidos a los enormes gastos suntuarios de la aristocracia castellana (clase dominante ad hoc de todo el Imperio), habían secado las arcas de la Corona de Castilla y la burocracia madrileña miraba con codicia las saneadas arcas de los pequeños Estados periféricos, que sobrellevaban con dignidad la crisis económica que se sufría en toda Europa. Como consecuencia, un nuevo decreto fiscal de la monarquía obligó a pagar más impuestos tanto en la Corona de Aragón como en el Reino de Portugal. En nuestro país hubo protestas, pero la correlación de fuerzas no permitió ir más allá, sin embargo en Portugal (dominado por el Imperio Español sólo hacía 60 añ 32  os) los partidarios del Rey de España eran escasos y sin fuerza, y sus Cortes, declararon la Independencia, aclamando a un nuevo Rey, apoyado por todos los estamentos (aristocráticos, eclesiales y populares) del Reino. En Cataluña los fueristas devinieron en secesionistas y proclamaron así mismo su independencia, en Aragón, sin embargo, había un nutrido grupo de partidarios del Rey dispuestos a dar la batalla por la integración.

 

El Rey de España decidió olvidarse de Portugal y centrar todos sus esfuerzos en la reconquista de Cataluña. Pero tenía un problema: las Cortes de Aragón se habían declarado neutrales en la guerra y, en libre ejercicio de su soberanía, no permitían el paso de los ejércitos castellanos por su territorio. Mientras tanto, el Partido Fuerista (liderado, tal vez, por el Conde de Sástago, sospechas que luego le costarían la vida, a él y otros de sus amigos, a manos de la “justicia” Real) intentaba organizarse para impulsar la sublevación también aquí, y tal vez en contacto con otros conjurados en el Reino de Valencia. Felipe IV podría haber ordenado como su abuelo una nueva invasión de Aragón, pero esta vez Aragón hubiese contado con el apoyo de Cataluña en su retaguardia, y muy probablemente también de su archienemigo, el Reino de Francia; y los Tercios de Flandes ya no eran lo que habían sido en 50 años antes, con lo que cambió de estrategia: Colmó de halagos a los aragoneses, convocó Cortes de Aragón en Alcañiz para ese mismo año a las que acudió en persona, reconoció por escrito la belleza de la lengua aragonesa de la que dijo gozar con su lectura (hace años publicó el sorprendente texto la revista Rolde), e incluso convocó un concurso poético en nuestra lengua (que ganó Ana Abarca de Bolea). En fin, que el Rey de España era el primer aragonesista.

 

El objetivo de las Cortes convocadas era declararle la guerra a Cataluña y, por tanto, permitir el paso del ejército castellano por Aragón. Pero obviamente, el Partido Fuerista se resistía, el Rey necesitaba un golpe de efecto que, en clave de la cultura barroca de la época, convencieses  a las masas, muy religiosas (“el opio del pueblo…”) a favor de su política belicista. El Rey de España había conseguido ya el apoyo del Papado, y el 12 de octubre ocupaba ya su puesto en la imaginería política como “día de la raza”, aunque San Salvador, que se celebraba ese día, era un santo bastante inútil a los objetivos del Rey. La solución vino por sí misma: pegueñar un milagro realizado por la Virgen del Pilar (“sede” de los partidarios del Rey en Aragón) el 12 de octubre, que convenciese a los aragoneses de que la Unidad de España era voluntad divina y les dejase bien claro que era el Rey de España quien mandaba. Dicen que 7 notarios firmaron que al cojo de Calanda le había crecido la pierna amputada, pero ¿cuántos no hubiesen firmado en el contexto de la histeria político-religiosa del momento? Hubiesen seguido la misma suerte que los cabecillas del Partido Fuerista, que fueron acusados (sin pruebas, pero muy probablemente con razón) de intentar la independencia de Aragón: su ejecución sumaria.

 

Las Cortes de Aragón aprobaron así la guerra contra Cataluña y la aceptación de la Virgen del Pilar como patrona de Zaragoza, Aragón y España (compartiendo patronazgo con San Valero, San Jorge y Santiago, respectivamente) y que su nueva festividad recayese el 12 de octubre, “día de la raza” de la Monarquía Hispánica. En los siguientes 10 años, Aragón se desangró en una guerra contra sus hermanos catalanes que acabó sumiendo más todavía  a los Estados de la antigua Corona de Aragón en el dominio absolutista del Imperio Español y el marasmo económico.

 

Las fiestas del Pilar fueron diseñadas hace 360 años ya para que los aragoneses comprendiésemos que somos españoles y así reclutarnos, con nuestras fiestas, para reproducir el discurso imperialista de la monarquía española.

 

Durante siglos, las fiestas del Corpus fueron declinando y cogiendo fuerza las del Pilar, el partido fuerista desapareció, aunque fue sustituido por discursos autonomistas y aragonesistas, más o menos sinceros, más o menos moderados y más o menos timoratos; pero el partido realista se engordó y se trasformó en un auténtico partido nacionalista español, que en los años 30 tomó la forma del fascismo y trató de deglutir a las clases populares, tras derrotarlas en la guerra del 36: igual que se inventó los sindicatos verticales para encuadrar bajo sus órdenes a los obreros, hizo de la cultura popular aragonesa un pastiche baturrista para la reproducción de su discurso fascista.

 

En 1958, el Real Aeroclub de Zaragoza (club exclusivo de la clase dirigente local, alta burguesía y jefes militares) decidió conmemorar otro “milagro” pilarista: la no-explosión de las bombas caídas sobre la plaza y la basílica en 1938 (de poco sirve que los planes de vuelo de ese bombardeo expliquen de forma científica y técnica porqué no explotaron la bombas). Para realzar las exhibiciones aéreas de ese 12 de octubre de 1958, el alcalde franquista de la época decidió copiar la ofrenda de flores que se realiza en Valencia a la “Verge dels Desamparats” con ocasión de las fiestas mayores de esa ciudad. Ignoraba el alcalde que en octubre no hay flores más que de invernadero y que por eso la fiesta valenciana es en marzo, pero había que inventar algo vistoso para realzar la unión mística entre el Régimen y el Pueblo por medio de la Virgen del Pilar como símbolo de la Unidad de España. Como en 1641.

 

Mi madre, que vivía en el casco viejo de la ciudad, recuerda la ofrenda: hicieron un llamamiento a todas las mozas para que vistiese el “traje regional” (el vestido de campesina aragonesa, que hasta primeros de siglo XX vistió la mayoría de las mujeres de una ciudad todavía agraria como era Zaragoza entonces) y fuesen a la Plaza de Los Sitios (rebautizada por el franquismo como “de José Antonio”) para recoger cada una un ramo de claveles y fuesen ordenadamente a realizar la ofrenda de flores a una imagen de la Virgen en la Plaza del Pilar. El que haya visto la ofrenda valenciana, donde cada Casal Faller lleva sus flores el día que le viene bien durante las fiestas, con todo el Casal encabezado por su banda de música y su fallera mayor en procesión por toda la ciudad, cortando el tráfico a su libre albedrío, comprenderá la diferencia entre una fiesta realmente popular y este “nuestro” engendro franquista.

 

El cambio de Régimen también significó el cambio de las formas, y el engendro se convirtió en una manifestación popular donde se observaba la cara del nuevo Régimen, aragonesismo incluido, en el mejor gusto y más espontaneidad de los trajes y también en el carácter popular y masivo de la celebración. Pero el significado viene a ser el mismo que antaño: la unión mística entre Pueblo Aragonés y Reino de España por medio de la santificación del 12 de octubre, día del Pilar, como Día Nacional de España. Paradójicamente, cuando los jóvenes de izquierda de los 70 pedían (pedíamos, que aunque yo era un crío, allí hubiese estado si hubiese podido) unas fiestas populares, estábamos en realidad trabajando para la consolidación ideológica del Régimen que queríamos socavar. ¿Y entonces, qué hacemos? Nos encontramos con que las fiestas populares de Zaragoza son un símbolo, en sí mismas, de colonización: la secular manipulación que se ha hecho de la fiesta desde el Poder centralista de la Monarquía española ha tenido como objetivo que nuestras fiestas se conviertan en una exaltación más de sus símbolos, especialmente de la Virgen del Pilar como “nexo sagrado” entre el Pueblo Aragonés y el Reino de España.

 

Sin embargo, sería miope ignorar la trasformación que de esas fiestas ha realizado el propio pueblo aragonés al apropiarse de ellas: realmente, para cualquiera que viva las fiestas del Pilar de Zaragoza, el españolismo resulta anecdótico, forzado desde las instituciones y en muchos casos postizo o incluso residual. La dialéctica entre el discurso españolista de las instituciones del Reino de España y el concepto de Fiestas Populares como conquista frente a esas instituciones genera una situación contradictoria que, como socialistas e independentistas aragoneses debemos afrontar.

 

Sobre las Peñas hay que decir que es cierto que la Federación Interpeñas funciona, en muchos casos, como una herramienta del Alcalde para domesticar a los peñistas, que su Pabellón es un monstruo totalmente mercantilizado, pero no es menos cierto que las peñas de Zaragoza son una forma genuina de auto-organización popular, de socialización de las clases populares con un objetivo claramente lúdico, pero que en la práctica resulta una alternativa totalmente válida frente a la programación institucional. Se puede ser peñista y crítico con Interpeñas, las peñas son una alternativa asociativa propia de los barrios obreros tan válida como cualquier otra, y no estaría de más resucitar el espíritu de su fundación, readecuándolo a la actualidad, potenciando las expresiones culturales genuinamente aragonesas, propiciando su independencia respecto del Ayuntamiento y promoviendo un concepto de fiesta echa por el pueblo y por el pueblo.

 

Las Peñas de Zaragoza representan el genuino espíritu de las clases populares de la ciudad, “el ambiente de la Madalena” no es más que otra propuesta lúdica más, muy politizada desde la izquierda, lo que sin duda tiene su potencialidad positiva; pero también, hay que decirlo, fuertemente sectaria. Los nacionalistas de izquierda aragoneses debemos estar con el Pueblo Aragonés, y en las Fiestas de Zaragoza eso significa participar en la Peña de nuestro barrio (como socios o como simples invitados), sin despreciar otras alternativas lúdicas, pero entendiendo que nuestro lugar está entre nuestra gente.

 

Mención aparte merece las ofrendas de flores y frutos a la Virgen del Pilar. Son actos religiosos que se entremezclan con lo político (como hemos demostrado) y que deben ser rechazados por cualquier aragonés de ideas nacionalistas y de izquierdas: debemos reclamar un Estado Aragonés laico y eso significa exigir políticamente la separación total de la Iglesia Católica, así como, en lo personal, renunciar a participar en ninguna de esas manifestaciones que, tras su velo aragonesista, ocultan el verdadero espíritu colonial de los valedores de la Monarquía Española.

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