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Trump, fascism strikes again

Trump, fascism strikes again

La elección del nuevo presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, ha venido acompañada de una fuerte polémica, y no solo por sus consignas electorales, sino sobre todo, con la batería de “órdenes ejecutivas” que está promulgando tal y como avisó durante la campaña. La irrupción de esta nueva figura en el escenario político internacional, siendo como es, el líder de la primera potencia mundial económica y política, justifica que hagamos un análisis del nuevo escenario que se perfila, y de qué modo nos puede afectar.

Podríamos extendernos páginas y páginas hablando del muro que empezó a construirse con el marido de la candidata Hillary Clinton cuando este fue presidente, con la gran oposición popular existente en Estados Unidos contra el seguro médico universal para toda la ciudadanía, de que Guantánamo y las torturas han estado ahí desde que existe esa base, de la fuerte oposición al tratado TTP por congresistas, senadores e incluso la propia Hillary, del pucherazo que esta misma hizo al más sensato de todos los candidatos, Bernie Sanders. Sin embargo no pretendo extenderme en demostrar que la xenofobia, el racismo, e incluso las políticas fascistas existentes en Estados Unidos para concluir, que Donald Trump no es más que el fruto de los verdaderos valores que representa este país, más allá de las proclamas, declaraciones, u oposición de buena parte de su población. No olvidemos que Kissinger sigue a día de hoy, activo en política, y eso representa un referente.

Por ello, es importante que tengamos presente, una de las pocas críticas que ha realizado que tiene cierto sentido, es su particular guerra con la prensa. Una prensa, que se olvida fácilmente de lo que pasó hace unos años en Chipre y el comportamiento de bloqueo y alarma social que causaron a la población a modo de experimento social. Una prensa que oculta a la opinión pública que la OTAN con el apoyo de la UE, favorecieron un golpe de Estado en Ucrania, y abocaron junto con Rusia al país a una guerra civil en las provincias de Donesk y Lugansk. Una prensa que olvida deliberadamente los movimientos nazis de seguimiento masivo de Ucrania y de los que algunos de sus miembros participan en el Gobierno. Una prensa que oculta el comportamiento de un exacerbado Junker, que ha llegado a participar en recepciones oficiales visiblemente borracho y haciendo payasadas, el papel y la relación entre Estados Unidos, varios países de la OTAN, e Israel con el grupo terrorista Al Nusra, (antes Al Qaeda), en Siria durante la era Obama, entre otras muchas informaciones que no se explican. Efectivamente, la prensa, no es honesta, y se debe a los poderes que la financian, y por tanto sus informaciones deben de ser tomadas con extrema cautela.

El infantilismo del comportamiento de Trump, solo superado por el populismo inmisericorde de gran parte de la prensa estadounidense e internacional, efectivamente va a seguir polarizando a las sociedades abriendo mucha más cancha a movimientos políticos radicales de signo opuesto que hace años no hubieran tenido sentido en el mapa político de los países desarrollados. La fiereza de los ataques de la derecha mediática hacia Trump, también nos sugieren el gran temor que existe entre los polítólogos de la derecha española, de que una figura como José María Aznar, gran adalid del gobierno de Bush durante la guerra de Irak, y que recientemente ha desvinculado la fundación FAES del PP, y ha renunciado a su presidencia de honor, pudiera liderar una fuerza política de una derecha populista que no dudaría en hacer acuerdos bilaterales con Trump. El pacto de las Azores nos debe de recordar que no le temblaría la mano en dar un paso así.

En lo que sí quiero focalizar la atención, es en la reestructuración geopolítica impulsada por la nueva administración Trump. La reunión con Teresa May para forjan un tratado de libre comercio de carácter bilateral entre el Reino Unido y Estados Unidos tiene una lectura con consecuencias mucho más profundas de lo que pueda parecer en un principio.

Debemos de comprender que para hacer América grande de nuevo, Trump, se propondrá fortalecer el instrumento tradicional por el que han dominado el mundo desde 1945: El Dólar USA, como moneda de referencia internacional. La salida del Reino Unido de la UE, se presenta por tanto como una oportunidad doble para Donald Trump, ya que por un lado crea una cabeza de puente en Europa con su aliado tradicional, convirtiéndolo en la mejor puerta de entrada de los productos europeos a Estados Unidos, en una era en la que el TTIP está definitivamente muerto, y por otra una reconciliación con las oligarquías americanas, para demostrarles que él defenderá mejor sus intereses que Hillary, poniendo como objetivo terminar con la moneda única europea, y fortaleciendo el papel del dólar en el mundo.

Para la UE son las peores noticias posibles. El cacareado crack económico británico no se va a producir. Probablemente la UE se verá obligada a firmar un tratado comercial con Reino Unido, manteniendo la unidad aduanera, y va a verse como el camino de tratado bilateral con Estados Unidos, quedará abierto a todos los países europeos que quieran negociarlo. Y ese es el principal torpedo a la línea de flotación de la UE. Si funciona, si Reino Unido puede ser mostrado como ejemplo de éxito fuera de la UE, y los ciudadanos europeos perciben que dentro de la UE, lo que hay es mucho frío, países como Francia podrían ver triunfar a fuerzas políticas como el Frente Nacional de Le Pen.

Lo más grave sería que el sueño europeo podría ahogarse definitivamente en las urnas, por referéndums impulsados por movimientos de extrema derecha, ya que los progresistas últimamente no son muy favorables a este tipo de consultas populares (por la posibilidad de resultado adverso).

Por tanto, hoy por hoy, ser Europeísta, es ser antifascista. Porque es desde la UE, íntimamente ligada a la moneda única europea, la mejor forma de frenar al fascismo. Las políticas de la UE han sido muy equivocadas, y han sembrado el descontento social por toda Europa. La verdad es que se está empezando a cosechar lo que se ha sembrado. Pero todavía no es tarde para construir una Europa social y de los pueblos que reimpulse el proyecto europeo. Ese proyecto que ahora mismo está a la deriva.

Desde 1933, Estado Aragonés es un partido antifascista. Es nuestro deber por tanto colaborar en la medida de lo posible, en evitar el retorno del fascismo, del cual Donald Trump, se ha convertido en un poderoso instrumento.

Manuel G. Forcada

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